Jorge Luis Borges sostenía que de los diversos instrumentos del hombre, el más asombroso, sin duda, era el libro. Los demás son extensiones de su cuerpo, decía. El microscopio, el telescopio, son extensiones de su vista. El teléfono es extensión de la voz. Luego tenemos el arado y la espada, extensiones de su brazo. Pero el libro es otra cosa: el libro es una extensión de la memoria y de la imaginación.
A Bernard Shaw le preguntaron una vez si creía que el Espíritu Santo había escrito la Biblia. Y contestó: “Todo libro que vale la pena de ser releído ha sido escrito por el Espíritu”. Es decir, un libro tiene que ir más allá de la intención de su autor. La intención del autor es una pobre cosa humana, falible, pero en el libro tiene que haber más, remarcaba Borges.
Por su parte, Emerson opinaba que una biblioteca es una especie de gabinete mágico. En ese gabinete están encantados los mejores espíritus de la humanidad, pero esperan nuestra palabra para salir de la mudez. De nuestra presencia, agregaría yo.
Desde luego y como no puede ser de otra manera, Jorge Luis Borges también nos recuerda que el libro y la biblioteca son memoria de la humanidad, pero agrega: el libro es algo más también, es la imaginación. ¿Qué es nuestro pasado —se pregunta— sino una serie de sueños? ¿Qué diferencia puede haber entre recordar sueños y recordar el pasado? Esa es la función que realiza el libro: guardar, conservar, preservar la imaginación nuestra. La imaginación humana.
Ha querido el azar o el destino que las páginas de este editorial las escriba en un escritorio del Área Histórica de la Biblioteca Máxima de la Universidad Central del Ecuador. Una experiencia reveladora, singular, para un hombre que ha hecho su vida entre libros y escritos. Sin ningún titubeo puedo sostener que este templo del libro perteneciente a la Universidad Central, tanto por su forma como su contenido nos equipara con las principales universidades del mundo. Cuánto celo, cuánto empeño, cuánto amor, se advierte de inmediato al recorrer por sus estantes sabiamente conservados y preservados gracias a un prolijo equipo guiado por la coordinadora del Área Histórica: Natasha Sanmartín. Equipo en cuyas manos volvieron a la vida una serie de Colecciones Antiguas de las Reservas del Área Histórica y en cuyo proceso se ha creado una metodología de análisis pormenorizado de la información histórica que aportan los libros en sí, además de conformar un colectivo de profesores y estudiantes con la finalidad de mejorar los procesos de restauración de bienes documentales en el Ecuador y la propuesta de utilización de materiales ecológicos en dicho proceso.
Como feliz ejemplo de esta labor, fue encontrar el archivo completo y restaurado de Anales desde el número inicial que data de 1883. Por lo mismo, en este punto, me es placentero anunciar al mundo académico nacional e internacional y a los lectores en general que hemos logrado la digitalización de la colección completa de Anales, desde el volumen 1 hasta el número 372. Esto ha sido posible gracias al apoyo decidido de la ingeniera María del Carmen Gaibor, directora del Centro de Información Integral de nuestra universidad.
No está por demás recordar que la revista ANALES apareció por primera vez el año de 1883. El nombre propio y original fue: “Anales de la Universidad de Quito”.
En esta revista, se publicaban las diferentes actas y acuerdos universitarios, así como las leyes de Instrucción Pública que afectaban a la vida de profesores y alumnos. Igualmente, en la sección del Boletín Universitario se pueden encontrar crónicas sobre diferentes actos y discursos dados en la facultad, ya fuera en relación con alguna conmemoración interna o nacional, evidenciando el relevante papel que jugaba la universidad en la vida intelectual de la nación, en un periodo, el de finales de siglo XIX, marcado por la llegada de los liberales al poder.
Entre los autores que publicaron en esta primera etapa de la revista Anales, encontramos importantes nombres de la cultura ecuatoriana de finales de siglo XIX: Federico González Suárez, Manuel M. Pólit, Pablo Herrera, Elías Laso, Carlos Casares, Miguel Egas, el padre Sodiro y el padre Wolf, Juan León Mera, Quintiliano Sánchez, Remigio Crespo Toral, Miguel Moreno.
Cabe destacar que uno de los grandes valores que muestra hoy día los números antiguos de la revista Anales de la Universidad Central del Ecuador para los investigadores es constituir un corpus de documentación histórica de primera línea. Los intelectuales que prestaron su pluma para las páginas de la revista universitaria en muchas ocasiones se centraron en la situación política del país en relación a los proyectos de Instrucción Pública, y si bien la subjetividad que irradian en ocasiones generaban análisis muy parciales según el sentir político de cada uno de ellos, permiten adentrarse en el lenguaje y preocupaciones del momento y hacen posible trazar una excelente historia del pensamiento político. “De hecho, —señala el investigador Francisco González de la Fuente, en quien hemos basado este mínimo resumen histórico— cuando a lo largo del siglo XXI se siga escribiendo en clave histórica de la trayectoria de la educación ecuatoriana, las ideas sostenidas en las páginas de Anales influirán claramente en las líneas de análisis y en la selección de temáticas de los investigadores posteriores”.
También me es grato referir que durante este año, la revista ANALES ha organizado una diversidad de eventos académicos conjuntamente con el Dr. Dimitri Barreto, talentoso y entusiasta Director de la Cátedra de Cultura Universal, claro está bajo el amparo del Dr. Fernando Sempértegui y del Dr. Nelson Rodríguez, Rector y Vicerrector Académico de la Universidad Central del Ecuador, respectivamente.
Decía Borges que la información de un periódico está hecha para el olvido, mientras que los libros están hechos para la memoria. A esto, Ernesto Sábato —su eterno contradictor— agregaba: “Lo más nuevo que hay es el diario, y lo más viejo, al día siguiente”. Esto nos lleva a reflexionar que un libro es mucho más que mera información. Es reflexión, es formación, es profundidad, sobre todo es imaginación. Ensoñada o recordada, pero imaginación. Por eso creo que la Biblioteca de la Universidad Central del Ecuador debe llevar el nombre de lo que siempre fue y será: BIBLIOTECA.

Publicado: 2017-02-06

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