Textos y contextos Nº 21
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La imposibilidad de corregir la memoria: Insensatez de …
El archivo y la condición humana:
apuntes críticos sobre el abandono
de la Lonja de los mercaderes
que comerciaban con América
The archive and the human condition:
critical notes about the abandonment
of the merchant's Lonja who traded with America
Recibido: 24-08-2020 • Aprobado: 05-10-2020
DOI: https://doi.org/10.29166/tyc.v1i21.2493
Carlos Levoyer Rodríguez
Obtuvo su licenciatura en Filosofía en la Pontificia Universidad Católica del Ecuador (PUCE). Se ha dedicado durante varios años al es-
tudio de la Poética de Aristóteles, sobre todo a la crítica especializada de este tema en lengua inglesa. Se ha desempeñado como vi-
cecónsul del Ecuador en Madrid. Durante su residencia por 16 años en España ha realizado diversas investigaciones documentales
en las principales bibliotecas y archivos en ese país.
Correo: carlos.levoyer@gmail.com
Óscar Llerena Borja
Doctor en Filosofía por la Universidad Complutense de Madrid con una tesis laureada sobre Bolívar Echeverría y Marx. Docente titular
de la cátedra de Filosofía en la Facultad de Comunicación Social de la Universidad Central del Ecuador. Tiene una importante producción
académica en el área de la filosofía política y de la cultura. Es experto en intervención social, desarrollo comunitario e investigación
sociológica.
Correo: o.llerena@gmail.com
Resumen
Este artículo tiene un doble objetivo: a) poner en valor los archivos como espacios sagrados para la cultura occidental; y b) demandar
una acción gubernamental que responda a la necesidad de interrogar al mayor archivo hispanoamericano en busca de nuestra me-
moria hoy perdida. Es el resultado de un trabajo colaborativo y de diálogo intelectual entre Carlos Levoyer Rodríguez y Oscar Llerena
Borja. Por ello, presenta una estrategia expositiva particular, en la que se pueden distinguir dos partes en las que los autores inter-
cambian comentarios.
Palabras clave: modernidad, cultura, memoria, archivos, Archivo de Indias.
Abstract
This article has a double goal: a) It highlights archives, insofar as they are the sacred spaces for Western culture; and b) It demands a
government action that should respond to the need to interrogate the largest Hispanic American archive in search of our memory
today lost. It is the result of collaborative work and intellectual dialogue between Carlos Levoyer Rodríguez and Oscar Llerena Borja.
For this reason, it shows a particular exhibition strategy, that is why it can be distinguished in the text two parts in which the authors
exchange comments.
Keywords: modernity, culture, memory, archives, Archivo de Indias.
Carlos Levoyer R.:
Allá por el año 2006, en Madrid, co-
nocí a Oscar Llerena Borja. Éramos dos
simples ecuatorianos migrantes en Es-
paña, conversando en el popular barrio de
Vallecas sobre estas áreas del saber filo-
sófico: ontología (su preferida), ética, es-
tética (la mía) y teoría del conocimiento
(en la que siempre confluimos). Los años
han pasado y ahora los dos nos hallamos
de regreso en el terruño. Nos hemos dado
cita en estas páginas, escritas en una
suerte de diálogo a cuatro manos.
Parte I
Óscar Llerena B.:
Los seres humanos, animales pecu-
liares cuya naturaleza está escindida entre
el instinto y la cultura, creemos pisar en
suelo firme cuando apreciamos la grandeza
de nuestras obras. Las calles, los edificios,
las construcciones de todo tipo nos invitan
a confiar nuestra tranquilidad a esa mate-
rialidad irrefutable, pero ¿quizá somos de-
masiado ingenuos al hacerlo? Nuestras
creaciones nos ciegan pues asumimos una
seguridad que no nos deja ver lo frágil que
es el mundo que nos hemos regalado. Ha-
blamos de una fragilidad sustancial, inma-
nente a la propia condicn del mundo
humano, una fragilidad que radica en la
unicidad de cada individuo de nuestra es-
pecie, pues cada uno de nosotros contiene
en mismo nuestro acumulado, nuestra
individualidad, de tal forma que cada uno
de nosotros, sin saberlo, es algo así como
el primero y el último ser humano y, por
tanto, si no logramos trasmitir nuestra ex-
periencia, ella se perderá para siempre. Ka-
puściński nos ofrece en Ébano (2000) un
ejemplo de la fragilidad de la transmisión
del conocimiento humano cuando habla
del árbol de plátano de la aldea Adofo:
Es extraño, aunque rigurosamente
cierto a un tiempo, que la vida del hombre
dependa de algo tan volátil y quebradizo
como la sombra. Por eso el árbol que la pro-
porciona es algo más que un simple árbol:
es la vida. Si en su cima cae un rayo y el
mango se quema, la gente no tendrá dónde
refugiarse del sol ni dónde reunirse. Al serle
vetada la reunión, no podrá decidir nada ni
tomar resolución alguna. Pero, sobre todo,
no podrá contarse su Historia, que sólo
existe cuando se transmite de boca en boca
en el curso de las reuniones vespertinas
bajo el árbol. Así, no tardará en perder sus
conocimientos del ayer y su memoria. Se
convertirá en gente sin pasado, es decir, no
será nadie. (Kapuściński, 2001. p. 333)
El ser humano, la especie, solo es tal
en la medida en que ha hecho posible la
acumulación del saber, de la experiencia,
porque esa acumulación es la base de la
forma de vida específicamente humana, la
cultura. Ciertamente, esa acumulación es
imperfecta, pobre, falible y frágil. Tanto
que todo lo que conocemos, lo que somos
y amamos, desaparece literalmente en un
parpadeo. El individuo no puede trasmitir
plenamente su vivencia, de lo que cada
uno fue solo queda un pálido reflejo, pen-
semos por ejemplo: ¿cuánto daría el ame-
ricanista contemporáneo por interrogar a
Juan Bautista Muñoz sobre el contenido
del Archivo de
1
Indias? ¿qué ofrenda esta-
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CARLOS LEVOYER R. • ÓSCAR LLERENA B.
1Juan Bautista Muñoz y Ferrandis (1745-1799) fue un filósofo e historiador español, a quien en 1770 se le nombró Cosmógrafo Universal,
y que recibió en 1779 el encargo del Rey Carlos III (1716 - 1788) de escribir una Historia del Nuevo Mundo para intervenir a favor del
reino español en la polémica que crearon los textos Historia filosófica y política de los establecimientos y del comercio de los europeos
en las dos Indias (1770) y La Historia de América (1777, 1796), de Guillaume Thomas Raynal (1713 - 1796) y William Robertson (1721
- 1793), respectivamente. Muñoz recibió el apoyo del Secretario de Estado del Despacho Universal de Indias, José de Gálvez y Gallardo
ría dispuesto a entregar para hacer posible
el milagro de incorporar a su propia vida
esa portentosa individualidad? La expe-
riencia, la unicidad son justamente lo más
humano que poseemos y resultan inalcan-
zables fuera de la vida del sujeto. Ante esta
imposibilidad sustancial, una de las vías
2
que la modernidad ha encontrado para re-
alizar la alquimia de su perpetuación es la
transmisión literaria
3
, en el sentido de lec-
toescritura, del conocimiento.
La especie humana ha tenido que
conformarse con un conocimiento del pa-
sado, menguado pero posible, hablamos
de eso que llamamos historia. La historia
es así un saber, una acumulación de saber,
que asume formas y regímenes en función
de procesos sociales muy complejos y am-
biguos, procesos que en última instancia
están referidos al poder y a su ejercicio. De
tal forma que es posible imaginar cómo en
ese acumulado que llamamos historia se
mantienen aún latentes otras miradas,
otras sensibilidades, otras humanidades.
La historia es así un campo de bata-
lla en el que triunfan unos y pierden otros
sin posibilidad de una victoria completa y
definitiva. Los derrotados, las sensibilida-
des sometidas, las humanidades subsumi-
das están ahí, latiendo y haciendo subrep-
ticiamente posible el mundo en que vivi-
mos y al mismo tiempo abrndolo al
devenir. Puede darse entonces –de hecho,
esta es la tendencia que Foucault reconoce
como propia de su época– una insurrec-
ción de esas latencias subsumidas, capaz
de redefinir por completo el escenario y de
provocar una ampliación de los horizontes
en los que tiene lugar la vida humana en
un periodo determinado. Foucault llama
insurrección de los saberes sometidos a
ese movimiento que estaría en la base de
su proyecto genealógico, tanto en este
saber de la erudición como en aquellos
descalificados, en estas dos formas de sa-
beres sometidos o soterrados ¿de qué se
trataba realmente? Se trataba del saber
histórico de la lucha.
Tanto en los sectores especializados
de la erudición como en el saber descali-
ficado de la gente se conservaba la memo-
ria de los enfrentamientos, memoria que
desde entonces hasta hoy fue mantenida
al margen. Y se ha perfilado así lo que po-
dría llamarse una genealogía o, más bien,
investigaciones genealógicas múltiples,
redescubrimiento conjunto de la lucha y
memoria directa de los enfrentamientos.
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El archivo y la condición humana: apuntes críticos …
(1720 - 1787), quien decidió concentrar toda la documentación indiana que sería precisada por Muñoz para cumplir con el encargo
regio, actuación que, a su vez, condujo a la creación del Archivo General de Indias. Muñoz intervino directamente en este proceso: cla-
sificación de los documentos, redacción de Las Ordenanzas; desarrollo del modelo archivístico, etcétera. Así pues, ordenó, clasificó,
leyó, anotó y copió muchos documentos, tantos que el conjunto de ellos creó la llamada “Colección Muñoz”. Acopió en su persona la
irrepetible experiencia de ser el primero que acumulase en sí y para el primer panorama de la vasta documentación que alberga el
Archivo General de Indias. Esa experiencia quiso comunicarla mediante su Historia del Nuevo Mundo. La proyectó en tres tomos, solo
nos dejó uno, porque su temprana muerte se lo impidió. Hoy, el moderno lector puede acceder a ese tomo y “descargarse” en pdf, como
todos gustan decir, pues lo hallará en el Google book search.
2 Otras vías que las épocas han hallado son la procreación, la guerra total (porque las guerras localizadas y controladas las permite,
incluso las promueve), el asesinato y todas aquellas que rondan el fin o el inicio de épocas o ciclos (frente a cuya existencia factual la
modernidad las destierra de su paraíso fiscal) y que en este recuento no las incluimos, por ser todas éstas hijas de varias causas que
teóricamente no se pueden incluir, al menos conceptualmente, en el conjunto del trabajo humano.
3 Nuestra idea de la transmisión literaria del conocimiento humano en la modernidad se expresa en la siguiente cita: “La educación de
la Edad Moderna es una educación literaria, se basa en la lectura y la escritura. El grado en el que se extiende esta capacidad —y no el
grado en el que se extiende el hablar bien, ¡como parecería lo más natural!— es considerada la medida de la cultura de un pueblo. Esto
presupone tácitamente que ya tiene que existir de antemano lo que merece ser leído, aquello a partir de lo que se desarrolla la formación,
es decir: la existencia de libros formativos (clásicos)”. (Nietzsche, 2013. p. 761). Esta cita de Nietzsche nos resulta particularmente apro-
piada porque, en primer, lugar nos permite expresar nuestra propia opinión y, en segundo lugar, porque plantea implícitamente el pro-
blema de otras formas, cultura oral, por ejemplo, de transmisión del saber acumulado de una sociedad determinada.
Y esta genealogía, en tanto que acopla-
miento del saber erudito y del saber de la
gente, no sólo ha sido posible, sino que
además pudo intentarse con una condi-
ción: que fuese eliminada la tiranía de los
discursos globalizantes con su jerarquía y
con todos los privilegios de la vanguardia
teórica. (Foucault. 1983. p. 129)
La genealogía es por tanto funda-
mentalmente crítica, corrosiva de eso que
Foucault llama discursos globalizantes y
que nosotros reconocemos como saberes
dominantes. Siguiendo a Foucault, pode-
mos afirmar que durante la segunda mitad
del siglo XX se abrió una fisura en el do-
minio ejercido por esos saberes dominan-
tes, fisura ésta que permitió la emergencia,
la manifestación y accionar de unos sabe-
res sometidos que han mostrado la tensión
existente entre el ahora y el ayer, esto es,
la lucha entre los múltiples proyectos que
coexisten en toda versión dominante del
pasado. He aquí la importancia de esos sa-
beres oprimidos, he aqel papel central
de esos saberes en las luchas contemporá-
neas. Pero no se entienda aquí una claudi-
cacn de los autores a las posturas
reivindicativas, tan en boga, de identida-
des ancestrales, milenarias, autóctonas; no
es este un manifiesto pachasófico.
Nuestra interrogación al pasado
busca descubrir en él las posibilidades
para esa alianza paradójica de la que ha-
blaba Foucault en su curso del 7 de enero
de 1976 en el College de France. Sin em-
bargo, es una extraña paradoja querer
poner juntos en la misma categoría de sa-
beres sometidos, por una parte, los con-
tenidos del conocimiento histórico meti-
culoso, erudito, exacto y, por otra, estos
saberes locales, singulares, estos saberes
de la gente que son saberes sin sentido
común y que fueron relegados cuando no
efectiva y explícitamente dejados de lado.
Pues bien, me parece que este acopla-
miento entre los saberes soterrados de la
erudición y los descalificados por la jerar-
quía del conocimiento y de la ciencia se ha
verificado realmente y es lo que ha dado
su fuerza esencial a la crítica efectuada en
los discursos de estos últimos quince
años. (Foucault: 1983, p. 129) Pensando
en este movimiento insurreccional en el
campo del saber, llamamos la atención
sobre el carácter central que en él cumple
el saber histórico erudito.
Pocos investigadores ecuatorianos
son s provocadores, s pertinentes
para las luchas del saber, para el desman-
telamiento de los mitos históricos que
Luis Andrade Reimers. Su indagación en
el relato sobre la vida, y más específica-
mente, sobre las condiciones de la muerte
de Atahualpa, son un verdadero ejemplo
de cómo el saber histórico de esa gran,
tierna y ardorosa masonería de la erudi-
ción inútil (Foucault: 1983, p. 126) cum-
ple una decisiva tarea en la lucha por
redescubrir el pasado.
Nos enseñaron que la muerte de Ata-
hualpa fue un acto de guerra en cuya reali-
zación tuvo mucho que ver la destreza
militar de los exploradores españoles así
como su falta de escrúpulos a la ora de trai-
cionar
4
, pero y ¿si ésta fuese solo una parte
de la verdad? ¿Si el hecho histórico fuese
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CARLOS LEVOYER R. • ÓSCAR LLERENA B.
4 Con el fin de ejemplificar esta manera de interpretar los hechos históricos de la conquista del imperio Inca y la muerte de Atahualpa,
transcribimos este texto del insigne historiador Federico González Suárez: “Atahualpa, presa de incertidumbres é irresoluciones, alu-
cinado con sus victorias, vió llegar al conquistador, apoderarse uno tras otro de sus pueblos, caminar derecho en busca suya y acercarse
á su campamento, sin tomar medida alguna de defensa ni siquiera de cautela. ¿Qué había pasado con él? ¿Cómo explicar semejante
conducta? El sol esplendoroso de los Incas corría fatalmente á su ocaso, y pronto había de ponerse para siempre, hundiéndose en un
mar de sangre!” (González, 1891, p. 72).
mucho más sinuoso y enrevesado? An-
drade Reimers se enfrenta a la procedencia
misma del relato canónico de la muerte de
Atahualpa y lo hace para rastrear en ese
origen su verdad y su falsificación; decons-
truye ese objeto solidificado para plantear
una nueva versión del mismo.
La investigación de Andrade Rei-
mers demuestra que el relato establecido
de la muerte de Atahualpa procede de la
distorsión interesada entre los hechos de
la conquista y las noticias llegadas a la co-
rona española. El punto nodal que hace las
veces de puente entre estas dos realidades
es el Licenciado Gaspar de Espinosa.
Afirma Andrade Reimers que Espinosa
trató de constituirse en una especie de vín-
culo de cooperación y armonía entre Al-
magro, Pizarro y Carlos V (Andrade: 1999.
p. 53). Probablemente este esfuerzo del Li-
cenciado Espinosa estuvo relacionado con
su íntima amistad con Almagro y la inten-
ción de favorecer su causa ante la corona
española que había tomado partido por Pi-
zarro (Andrade. 1999. p. 53).
En cualquier caso, más allá de esta
casuística, lo relevante es que esta condi-
ción de intermediario motivó a Espinosa
a mantener informado al Emperador Car-
los V a través de una frecuente correspon-
dencia. Dado este contexto no es difícil
asumir la importancia que las cartas de
Espinosa tuvieron para la comprensión
hisrica de la conquista del imperio de
los Incas y la muerte de su emperador en
Cajamarca. Espinosa era funcionario de
la corona española en Panamá, no fue tes-
tigo directo de los hechos y, por tanto,
tuvo que fiarse de las noticias que, des-
pués de una travesía compleja y difícil, le
llagaban en remesas a Panamá desde el
sur del continente americano. Andrade
Reimers descubre que la carta de Espi-
nosa fechada el 21 de julio de 1533 es el
verdadero embrión de la historia tradicio-
nal sobre Atahualpa en Cajamarca (An-
drade: 1999. p. 55), es decir del mito
admitido de que los adelantados españo-
les tomaron por las armas el imperio inca.
Esta carta es, a decir de Andrade Reimers,
rumores de rumores, hasta tal punto que
Espinosa advierte desde el principio al
emperador Carlos V sobre la procedencia
de estas noticias:
Por la vía de Nicaragua e Guatemala
de un navío que vino de estas provincias del
adelantado e gobernador de Guatemala su-
pimos aquí las grandes nuevas… Los de
aquel navío refirieron a su vez lo que oyeron
de la tripulación de un barco que vino del
Perú a Nicaragua y después de cuarenta
días de otra carabela a Nicaragua. (An-
drade, 1999, p. 55)
La mencionada carta refiere la, muy
improbable, conquista del imperio inca
centrando tal triunfo de los españoles en
la toma adelantada de la cordillera:
El Gobernador Francisco Pizarro
fue a entrar la tierra dentro, después que
dejó poblado el primer pueblo que dicen de
San Miguel. Y, hecho allí el repartimiento
de los caciques comarcanos se partió con
hasta doscientos hombres, en que había
ciento y tantos de caballo, a la provincia de
un cacique, crean señor, de que tenía noti-
cia que se dice Atabalique: y dicen que es
hermano del Cuzco que es el Señor princi-
pal de toda la tierra. Y como este cacique
tuvo noticia de su venida, salió con mucha
gente a resistirles la entrada a su tierra,
pensando hacerse fuerte y resistirles el
paso en su sierra muy grande, por donde
habían de pasar por necesidad los nuestros
españoles. En que quiso Dios que el Gober-
nador y españoles se dieron tan buena
maña y tanta priesa que tomaron la sierra
primero que los indios. Y como el cacique
vio entrados los españoles en la tierra e to-
mada e ganada la sierra por ellos comenzó
a tratar de paz e envió sus mensajeros para
ello. (Andrade, 1999, p. 56).
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El archivo y la condición humana: apuntes críticos …
Los conquistadores españoles apa-
recen, en primer lugar, como hábiles mi-
litares que tomaron, merced a esa
habilidad por las armas y la astucia, el te-
rritorio inca. Sin embargo, el mismo Es-
pinosa, en cartas posteriores, matiza
drásticamente esta primera versión hasta
el punto de dejar establecidos dos relatos
muy distintos del mismo hecho. En el
centro de esta disputa de sentido, además
de otras consideraciones, como la necesi-
dad del imperio español de relatar su paso
por las nuevas tierras en tono épico, se
encuentra el litigio por la propiedad sobre
la gran cantidad de oro y plata que obtu-
vieron los españoles en Cajamarca ade-
más de la tributación sobre la misma.
Uno de los principales personajes
de la victoria espola en Cajamarca, el
padre dominico Vicente Valverde, dirigió
el 7 de junio de 1533 una carta al empera-
dor Carlos V, en la que presumiblemente
relata estos hechos en calidad de testigo
presencial de los mismos. Parece ser que
en esa carta, hoy desaparecida, el domi-
nico da testimonio de la forma en la que
los españoles tomaron posesión de las ri-
quezas del inca en Cajamarca, su propia
actuación en ese logro y la constancia de
la propiedad exclusiva de la corona espa-
ñola sobre ese tesoro (Andrade. 1999. p.
68). Dado este contexto, la carta desapa-
recida de Vicente Valverde es un docu-
mento de trascendental importancia para
nuestra historia. ¿Dónde está ésta carta?,
¿dónde podemos buscar rastros sobre
ella?
Este artículo no pretende agotar la
discusión histórica alrededor de estos he-
chos, tan solo queremos poner sobre la
mesa dos cuestiones: en primer lugar,
dejar constancia de cómo la acción de un
erudito como Andrade Reimers, hoy la-
mentable e injustamente olvidado, pudo
entrever las razones por las que hemos
comprendido equivocadamente nuestro
pasado y, en segundo lugar, la importan-
cia de ciertos documentos históricos y de
los lugares sagrados donde estos reposan.
Parte II
Óscar Llerena B.:
En general no son comunes el cono-
cimiento y respeto de los documentos. Es
más, en lo referido al papel, al final, el ca-
lificativo que suele imponerse a título de
definición es basura. Carlos Levoyer Ro-
dríguez, coautor de este texto, ilustra el
desprecio institucional hacia los docu-
mentos.
Carlos Levoyer R.:
Allá por el año 2003, fui testigo de
un peligro mortal que amenazó al archivo
de la migración ecuatoriana en España,
ingente documentación que reposaba en
el Consulado ecuatoriano en Madrid.
¿Qué pasó finalmente con esa invaluable
documentación? No lo sé, pero la mayoría
de los trabajadores del Consulado querían
simplemente eliminar la documentación.
Dijeron “…hay que tirar ese montón de
papeles, porque ahora vamos a un nuevo
local donde toda esa basura no sirve de
nada”. Ese archivo, espejo de la migración
y de la vida de una parte de la sociedad
ecuatoriana, estuvo en serio riesgo. Des-
pués, ese archivo paal cuidado de dos
funcionarios de ese Consulado, a quienes
siempre se deberá rendir homenaje por su
constante labor.
No es este el lugar para narrar mi
propia historia de migrante ecuatoriano
en España, por lo que paso a mi condición
de investigador, pues así se me adjetiva
en mi carnet de la Biblioteca Nacional de
España. Con ese carnet y con otros varios
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CARLOS LEVOYER R. • ÓSCAR LLERENA B.
que obtuve de varias bibliotecas y archi-
vos españoles, pude andar por los lustro-
sos suelos de esos templos de la memoria
de la cultura de Occidente
5
. Recuerdo una
de ellas, en suelo alemán, que me cautivó
por siempre: ese edificio se hunde hacia
las tierras, hacia lo profundo y cada piso,
más abajo, y cada planta, llena de libros,
está tan bien organizada, tan bien ajus-
tada al sistema de clasificación decimal de
Dewey
6
, que uno no se pierde, solo hay
que tener en mente ese orden y caminar
con paciencia hasta hallar lo que busca.
Ahí encontré, con fascinación, la
obra del Lector en Clásicos de la Univer-
sidad de Cambridge, Donald William
Lucas: Aristotle Poetics: Introduction,
Commentary and Appendixes de 1968.
De tal forma que, absorto, arrastré mis
pies hacia esas bibliotecas y archivos es-
pañoles y tuve en suerte ser guiado por
ciertos escritores ecuatorianos que seña-
lan qué hay que buscar, qué está faltando
como dato bruto, qué documentos re-
quieren urgentemente nuestras ciencias
sociales. Falta, para citar un par de ilus-
tres ejemplos, la carta de Fray Mariano
Ortega que habría dictado a Miguel Tovar
y Ugarte para dirigirla a Túpac Amaru II.
También falta la carta
7
del padre Vicente
Valverde de 1533 que aclararía el pano-
rama del magnicidio de ese año y con ello
buena parte de nuestra historia.
Por mi parte, encontré y reposan en
mis manos copias de estos manuscritos
de la época colonial:
La Historia del Reino de Quito en la
América Meridional, de Juan de Velasco
que, como se sabe, hay dos originales, uno
en Quito, traje conmigo el otro, el que se
hallaba en Madrid.
El Vocabulario Peruano - Quitense,
también de Velasco, es su cuaderno de
apuntes personales, una especie de pe-
queño diccionario, que deberá ser consi-
derado por lo menos para una historia y
filología del quichua.
La Carta de 1539 de Vicente Val-
verde al Emperador Carlos V, que ofrece
la visión de uno de los testigos presencia-
les de las primeras décadas del plexo his-
tórico en cuestión.
El Mapa y Resumen General de la
Real Hacienda de la Caxa de Quito, de
Dionisio de Alcedo Ugarte y Herrera, Pre-
sidente de la Real Audiencia de Quito
(1728-1736) que, para decirlo desatinada,
pero escuetamente, puede ser conside-
rado el primer informe económico de lo
que hoy llamamos Ecuador.
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El archivo y la condición humana: apuntes críticos …
5 De entre los lugares comunes más reiterados está aquel de que Occidente nació en Grecia. Pero siempre falta señalar su mecanismo, su
funcionamiento y su continuidad hasta nuestros días. Intentemos el primerísimo primer paso: uno de los caracteres fundamentales de
la cultura occidental es su inclinación constante al registro de los hechos. Registros antes de los griegos los ha habido. Registros los tu-
vieron en Súmer, en Egipto. Pero, el problema de fondo es, cómo se puede caracterizar al registro llevado por un pueblo en el que la
fascinación por el objeto del registro desaparece: además del objeto a registrar, hay modos del registro, hay instrumentos para el
registro y siempre hay una finalidad que persigue el registro. La tiranía del objeto del registro (sobre todo la del registro contable) se
rompe en Grecia. Rota esa tiranía, se desemboca en otras formas y en otros contenidos. Así, en Grecia se llega a los registros de los ciu-
dadanos de las constituciones de las polis, los de deportistas victoriosos, los de los concursos de teatro. El registro del arconte (magis-
trado con poder político efectivo y con poder hermenéutico sobre la ley) inaugura para la cultura occidental esa inclinación, esa virtud
que, en sus bibliotecas y archivos, tiene su riqueza más prístina y original.
6 Sin embargo, de mantener el sistema de Dewey, la Biblioteca Nacional de Alemania, ha desarrollado su propio sistema de recuperación
de información. Melvil Dewey (1851-1931), fue un bibliotecario estadounidense, inventor del sistema que lleva su nombre y que sirve
para organizar las colecciones de que disponen las bibliotecas. La OCLC (Online Computer Library Center, que mantiene tanto a la
WorldCat, así como el sistema Dewey) afirma que actualmente hay “Bibliotecas en 135 países que usan el sistema de Clasificación De-
cimal de Dewey (DDC) para organizar sus colecciones para sus usuarios.” (OCLC, 2020). En el Ecuador hay cinco bibliotecas que constan
en calidad de miembros de la OCLC.
7 A la que Oscar Llerena Borja ha aludido tan oportunamente en este mismo artículo haciéndonos comprender el alcance deconstructi-
vista de las operaciones intelectuales de Luis Andrade Reimers.
Finalmente, he de decir que pude
ver varios documentos más, de suma im-
portancia y que es necesario solicitar ac-
ceso a ellos. Vi cartas, documentos de
personas de relieve histórico, documentos
que daban fe de hechos, de circunstan-
cias, documentos personales, oficiales, en
fin. Hay que acudir a ellos, siempre es po-
sible porque el estado español tiene una
política constante de apertura y los archi-
veros siempre, siempre cooperan, orien-
tan.
Se trata, sin duda, de textos que evi-
dencian su valor en tanto son documentos
producidos por individuos que actuaron
directamente en acontecimientos que de-
terminaron el curso de la historia de lo
que hoy llamamos Ecuador. Sin embargo,
su valor no puede ser considerado como
absoluto para entender la época en que se
produjeron, pues hay que tener en cuenta
que esos documentos y sus autores están
ubicados en unos contextos precisos, sig-
nados por intereses específicos. Pero,
tampoco se los puede obviar, pues com-
ponen una parte del horizonte de las con-
tradicciones de determinados momentos
históricos puntuales.
Así pues, ni absolutos ni anulables:
documentos en sus respectivos horizontes
de acontecimientos. Se impone entonces
una pregunta central: ¿cómo pueden lle-
gar a manos de los científicos que han de
ubicarlos adecuadamente en sus respec-
tivos horizontes históricos? No pueden
llegar a esas manos en su actual forma
bruta. Es decir, no se puede entregar a un
historiador, a un antropólogo, o a un eco-
nomista, un manuscrito de siglos pasados
tal como se hallan actualmente. No se
puede, por ejemplo, digitalizar sus cientos
de páginas y entregarlos así a esos cientí-
ficos para que los “lean” y nos devuelvan
por escrito las explicaciones pertinentes
tales que los inserten en su respectivo ho-
rizonte de acontecimientos. No los van a
poder leer porque los textos tienen usos
de escritura propios de esos siglos, abre-
viaturas, ligaduras, etcétera, que aquellos
científicos no van a poder descifrar
8
.
Bien es cierto que algunos de ellos
estarán escritos en letra humanística
(¡afortunadamente no todos están escri-
tos en la llamada letra procesal!)
9
, pero,
aun así, se requiere de la respectiva trans-
cripción paleográfica a través del uso de
un procesador de palabras. Así, el resul-
tado final que ha de llegar a manos de
aquellos científicos será el Informe final
paleográfico organizado como puede
verse en el trabajo que se hizo con El pri-
mer nueva crónica y buen gobierno
10
de
Guamán Poma de Ayala, y cuyas caracte-
rísticas esenciales son:
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8 El intento de leer textos de los siglos anteriores es un problema muy serio. Se requiere del respectivo entrenamiento, suficiente hasta
aprender la paleografía que es, en sí misma, una ciencia que tiene sus reglas, procedimientos, contenidos, fundadores, desarrolladores,
etcétera.
9 Muy mala fama se ganó la llamada letra procesada o procesal (RAE: letra que está encadenada y enredada, como se ve en escritos de
los siglos XVI y XVII) ejecutada por los escribanos de las notarías, degenerando la letra cortesana y convirtiéndola en cosa difícil de en-
tender. El mismísimo Miguel de Cervantes así nos lo señaló en El Quijote (Imprenta de Tomás Gorchs, Editor, Barcelona, 1859. Parte
I, Cap. 25, página 174): “Mas ya me ha venido á la memoria dónde será bien y aun mas que bien escribilla, que es en el librillo de
memoria que fué de Cardenio, y tú tendrás cuidado de hacerla trasladar en papel, de buena letra, en el primer lugar que hallares donde
haya maestro de escuela de muchachos, ó sino cualquiera sacristan te la trasladará: y no se la dés á trasladar á ningun escribano, que
hacen letra procesada, que no la entenderá Satanás. ¿Pues qué se ha de hacer de la firma? dijo Sancho. Nunca las cartas de Amadís se
firmaron, respondió Don Quijote”. Imagine el lector, cómo de estupefacto se quedaría Satanás intentando leer la famosa letra proce-
sada.
10 El primer nueva crónica y buen gobierno (1615) de Guamán Poma de Ayala (1534-1615, cronista, descendiente inca, que denunció con
este texto el maltrato al que se vieron sometidos los nativos de los Andes por parte de los españoles), se halló en Dinamarca, en la Gran
Biblioteca Real de Copenhague. Actualmente se puede ver la digitalización de este manuscrito original en la página electrónica de esa
Real Biblioteca y su correspondiente transcripción paleográfica. Accédase vía: http://www5.kb.dk/permalink/2006/poma/info/es/
frontpage.htm/ (visitado el 18 de julio 2020).
Desarrollemos el contenido de la
Tabla 1.
A. Introducción.- Se trata de un
texto escrito por el transcriptor en el que
se expliquen estos temas: quiénes fueron
el autor intelectual (un Rey, un Ministro,
un Juez, un Presidente de una Real Au-
diencia, etcétera) y el autor material del
texto (el escribano de una notaría, por
ejemplo), su datación, su lugar de produc-
ción, país, reino, provincia, ciudad, época
histórica, contexto histórico inmediato
11
,
descripción de su procedencia, instancia
productora, tipología, etcétera. También
debe explicar el tipo de escritura, tipo de
letra predominante usada, causas de esa
predominancia, materiales escriturales
usados, estructura y dimensiones del so-
porte en el que se halla el texto, etcétera.
En cuanto al contenido del texto, se debe-
rán incluir:
B. Digitalización.- En la página
izquierda, la imagen escaneada del ma-
nuscrito original.
C. Transcripción paleográ-
fica.- En la gina derecha, el mismo
texto pero transcrito con la ayuda de un
procesador de palabras. Si se logra hacer
esto, el texto ya no es unívoco, sino que
su contenido completo es bifronte: origi-
nal a la izquierda y transcripción paleo-
gráfica a la derecha. tese que
visualmente y de este modo resulta acce-
sible de un solo golpe. Sólo así será legi-
ble para los cienficos de las Ciencias
Sociales. Además, el Informe paleográ-
fico deberá incluir:
D. Notas.- Notas de pie de página
o Notas al final que expliquen al lector
contemporáneo las abreviaturas, los sig-
nificados de palabras o expresiones que
hoy se hallen en desuso, etcétera. Esas
Notas también deberán explicar concep-
tos que aparezcan en el texto. Por ejem-
plo, conceptos de orden jurídico cuando
se traten de documentos producidos en
esa área, etcétera.
Sólo así el manuscrito estará listo
para que los científicos de las Ciencias So-
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El archivo y la condición humana: apuntes críticos …
Tabla 1. Informe final paleográfico indispensable para comprender textos de siglos pasados
Pasos o partes Temas que desarrolla o descripción
A. Introducción Expone el contexto inmediato del texto que se transcribe.
B. Digitalización Proceso mecánico, indispensable para preservar físicamente
los manuscritos originales, la comunicación a otros científicos y la divulgación.
C. Transcripción paleográfica Traslado desde el original manuscrito a un procesador de texto
para hacer legible al lector contemporáneo.
D. Notas Notas del transcriptor, dirigidas al lector contemporáneo
que aclaran aspectos puntuales dentro del texto transcrito.
11 De los contextos mediatos y a largo plazo se encargarán los otros científicos. Dicho sencillamente: contextos inmediatos para los paleó-
grafos, y contextos mediatos para los historiadores, antropólogos, economistas, etcétera.
ciales lo usen y den cuenta de ellos cientí-
ficamente. Solamente cuando las tareas
paleográficas se hayan terminado será po-
sible la aclaración de aquellos horizontes
que se busca describir científicamente.
Visto así, el trabajo que está por hacerse
es enorme, y más si tenemos en cuenta el
volumen de documentos que deben ser
objeto de la acción paleográfica descrita.
Para aproximarnos al tamo de
esos archivos, preguntémonos en primer
lugar: ¿dónde están esos manuscritos
ecuatorianos originales de los siglos pasa-
dos? ¿Dónde reposan esos archivos que
ilustrarían tan puntualmente nuestra his-
toria? ¿Dónde esperan a ser trabajados
con el método mencionado? Básicamente
están en dos pses: en los archivos del
Ecuador y en los de España. También pa-
recería que algunos de ellos se encuentren
en el Perú, en Colombia y en Estados Uni-
dos
12
y quizá en otros países europeos.
Respecto de los archivos de nuestro país,
se hallan más a la mano y, por tanto, las
tareas paleográficas descritas deberían
empezar ya, hasta terminar completa-
mente.
Pero ciertamente el grueso de los
documentos que contienen nuestra histo-
ria está en los archivos de España. Debido
a esto, consideremos el estado de cosas
actual en el mayor de ellos: el Archivo Ge-
neral de Indias, en la ciudad de Sevilla. Se
trata de documentos originales produci-
dos por la administración española
13
de
lo que hoy llamamos Latinoamérica. Para
hacernos una idea de la magnitud de esos
documentos, se sabe que hay ocho mil
metros lineales de estanterías. ¡Son ocho
kilómetros de documentos!
14
La mayoría
escritos a mano durante la época de la Co-
lonia. En términos generales estos son los
porcentajes del trabajo realizado hasta el
momento:
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12 Los escritos de Juan Bautista Muñoz se hallan tanto en el archivo de la Academia de Historia, en Madrid, como en la Obadiah Rich Co-
llection de la New York Public Library (Bas Martin, Nicolás, 2000, p. 21).
13 Aunque es conocido que también hay copias hechas a mano en siglos posteriores a los de la producción de los originales.
14 En el enlace “Historia” de la Portada del Archivo General de Indias (véase nuestras Referencias, al final) se lee: “Hoy el Archivo General
de Indias conserva más de cuarenta y tres mil legajos, instalados en ocho kilómetros lineales de estanterías, con unos ochenta millones
de páginas de documentos originales que permiten a diario profundizar en más de tres siglos de historia de todo un continente...” (vi-
sitado el 17 de julio de 2020).
15 Elaboración propia, a partir de entrevista semiestructurada, realizada a la Jefa del Departamento de Referencias del Archivo General
de Indias, el 11 septiembre 2015. Respecto de los trabajos paleográficos, la entrevistada señaló que ese Archivo no tiene datos, además,
entre su misión no estaría contemplada esa tarea. Por otro lado, no hay estadísticas sobre este aspecto, o nosotros los autores de este
artículo no las hemos hallado. Pero para nosotros es evidente que no supera el 10 %. Véase la siguiente Nota en la que se citan las pa-
labras del ex-Director del Archivo mediante las cuales corrobora las cifras relativas a la digitalización.
Tabla 2. Trabajos realizados sobre los papeles del Archivo General de Indias
15
Trabajo realizado Porcentaje
Digitalizado 15
Descrito analíticamente 17 - 20
Descrito a nivel de serie 100
Transcrito paleográficamente 10
En pocas palabras, nadie en el
mundo sabe lo que hay en el Archivo Ge-
neral de Indias. Y, si algún día llegamos
a conocer lo que ese archivo tiene, será
dentro de trescientos años. Sí, tal como lo
están leyendo, dentro de trescientos años
se acabarán las tareas de digitalización
16
.
El abandono es ostensible, es casi total.
No hay interés real por parte de nadie:
público en general, gobiernos, institucio-
nes públicas o privadas
17
. Eso sí, mucha
gente, muchas mujeres y hombres públi-
cos cumplen con las reverencias que se
deben a tan magnífico archivo. Pero nadie
hace nada.
Pues bien, retomando nuestro
enunciado sobre el proceso de explica-
ción científica como equivalente a la crea-
ción de horizontes tricos explicativos
sobre panoramas históricos reales, tene-
mos aquí el gran problema por resolver:
jamás se podrán crear esas explicaciones
científicas si las ciencias no cuentan con
los datos brutos, es decir con los datos
que se hallan justamente en esos millo-
nes de documentos almacenados en el
Archivo General de Indias. Hay que acu-
dir a este archivo, digitalizar todos esos
documentos, pasarlos a procesadores de
palabras con la ayuda de la paleografía,
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El archivo y la condición humana: apuntes críticos …
16 El pequeño puñado de especialistas que han llegado a conocer unos pocos textos y con cuya buena voluntad y constancia se ha logrado
publicar los trabajos paleográficos es eso: un número insignificante de personas que han llegado a conocer, acaso estudiar, un número
limitadísimo de documentos, de un total de 80 millones que allí reposan. Nadie sabe lo que hay en el Archivo General de Indias y, si
algún día llegamos a saberlo, será dentro de 300 años o más. Veámoslo. Manuel Ravina Martín, Director del Archivo General de las In-
dias hasta enero de 2020, en la Apertura del Curso 2019-2020 de la Asociación Jerezana Amigos del Archivo se expresó de este modo:
“…El Archivo General de Indias empezó la digitalización de los 100 millones de páginas en el año 1987, cuando se acercaba el quinto
centenario del Descubrimiento de América. Y se empezó con una cifra que, a Manolo que es archivero y a los archiveros que hay aquí
les va a resultar sorprendente: el Archivo tenía 3.000 millones de pesetas, 3.000 millones de pesetas [Nota de Carlos Levoyer Rodríguez:
es decir, 20 millones 300 mil dólares]. Había 30 personas digitalizando, con 3.000 millones de pesetas, digitalizando y organizando la
información, ordenando los legajos para antes de micro filmar. Bien, como hacemos en España: se hace un esfuerzo gigantesco que
después, poco a poco, fue decayendo. ¿Saben cuántas personas están ahora mismo digitalizando en el Archivo General de Indias? Dos,
dos. De los 100 millones de páginas, el Archivo tiene 14 millones de páginas digitalizadas. Nunca se ha parado, nunca, se sigue, pero
calculamos que tardaremos trescientos años en completar. Trescientos años. Claro ¿qué ocurrió a mucha gente? Como le pasa a mucha
gente que tiene que describir, hacer fichas: que, cuando ve la inmensidad, dice: ‘…no hay forma, aquí no hay por dónde empezar.’ Y ese
es el error. Verdaderamente, la labor política archivística y el trabajo archivístico es un trabajo de goteo. Esto es una cosa que mucha
gente, muchos compañeros no lo entienden y se aburren porque claro, estar haciendo fichas, fichas y fichas, ordenando legajos, orde-
nando legajos, les puede parecer monótono. Pero es un trabajo que no se puede parar. Entonces, que no se puede parar, pero que claro,
hay que tener los medios económicos”. (Asociación Jerezana Amigos del Archivo, 2019, [Video: minuto 29:07]). Queda muy en claro
lo que he escrito: nadie en el mundo sabe lo que hay en el Archivo General de Indias. El Archivo General de Indias vive abandonado.
Además, aquí, necesariamente hay que comentar el tema de los 300 años y los tiempos necesarios para la transcripción paleográfica.
Vamos con lo de los 300 años: en la transcripción de esta parte de la conferencia de Ravina se han respetado las repeticiones de palabras
o frases. Era importante respetarlas porque reflejan el énfasis del conferenciante y evidencian su conciencia de que se trata de cifras
muy altas y de situaciones inverosímiles, pero verdaderas. Cuando ha hablado de cifras se las ha transcrito aquí en números, para
hacer fácil el acceso a nuestro lector. Pero el momento más crítico, aquel en que habla de que calculan que terminarán la tarea de digi-
talización dentro de 300 años se ha transcrito en palabras, y no en números, para que el lector no tenga dudas de que, en efecto, el Di-
rector del Archivo General de Indias dijo que ¡acabarán la tarea de digitalización dentro de 300 años!
Y ¿el proceso paleográfico que es más complejo que una simple digitalización? ¿Cuántos siglos más? ¿Esperaremos tantos siglos más?
No, pues los latinoamericanos deberemos hacerlo, porque se trata de nuestra propia historia, de lo que nos sucedió. En cuanto al tema
de los tiempos necesarios para la transcripción paleográfica, si el lector calcula los años, los días laborables, dividido para los 86 millones
de páginas por digitalizar, hallará que el Director del Archivo General de Indias está diciendo que actualmente se está digitalizando a
razón de una imagen cada minuto (exactamente: 1,14). Es una medida aceptable, lo sé porque yo mismo trabajé en una empresa de ar-
chivos, justamente digitalizando textos de siglos pasados. En todo caso, compare el lector el trabajo necesario para una digitalización
con el trabajo necesario para una transcripción paleográfica. Primero, actualmente se sabe que para escribir una página (de texto no
paleográfico) en Word toma 11 minutos (40 palabras por minuto; 420 palabras en una página a 12 puntos, a doble espacio) a un escritor
adulto en un computador, con buen ritmo de tecleo (Arif, Ahmed Sabbir, 2009). Pero una página de un texto paleográfico, sin contar
notas de pie de página, desarrollo de abreviaturas, ni la elaboración del respectivo y necesario Informe final paleográfico, etcétera, lle-
vará más, mucho más. Todo esto conduce a una discusión más allá, acaso más profunda, a la que acudiremos con una próxima entrega,
bajo la forma de un nuevo artículo.
17 Se salvan de esta categoría de indolentes los archiveros solos, los acompañan investigadores y paleógrafos. Los que no se salvan: unos
por alienados, los otros por alienantes, todos éstos revueltos en una sola masa informe, bailando al mismo compás de horizontes vitales
enanos.
entregárselos en caracteres legibles a los
científicos y que ellos nos devuelvan todo
explicado según sus diferentes especiali-
dades científicas: historiadores, antropó-
logos, etnohistoriadores, economistas,
etcétera.
Respecto de la fecundidad de ese ín-
fimo 10 % que ha llegado a manos de los
científicos de las Ciencias Sociales, pode-
mos dar un par de ilustrísimos ejemplos
para poner de manifiesto la importancia
de estas tareas: El Guamán, el Puma y el
Amaru de Hugo Burgos Guevara y el
Hacia la verdadera historia de Ata-
hualpa de Luis Andrade Reimers.
En fin, es necesario que los paleó-
grafos aborden esta inmensa tarea. Sin
esa tarea hecha, nunca habrá posibilidad
alguna de que temas tan importantes
como el pasado de los pueblos indígenas
halle un soporte documentado
18
. O ¿el
lector piensa que ese tema no requiere de
documentación de soporte? Desde nues-
tro punto de vista, cualquier documento
que entregue el testimonio sobre este
tema, o afines, por personas que vivieron
hace cuatrocientos o quinientos años
tiene un valor que no se puede, no se
debe soslayar
19
. Huelga decir que los
temas son más y que se los hallará según
avancen tanto los trabajos paleográficos
como los de las Ciencias Sociales. De ahí
que se nos imponga la necesidad de una
generacn completa de paleógrafos, es
decir de personas especialistas y conoce-
doras de las escrituras
20
de siglos pasa-
dos que hagan la transcripción de esos
ocho kilómetros de documentos, legajo
por legajo, documento por documento,
página por página.
Proponemos pues, que se haga un
barrido completo de toda aquella docu-
mentación. No será una tarea corta. Será
muy larga. Y justamente por esto es exi-
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18 De nada sirve el erróneo argumento de que la vida actual de los pueblos es suficiente para definir su pasado: desde el primer día del en-
cuentro entre los pueblos originarios de América Latina y los europeos hasta el inicio de la etapa republicana hay trescientos años cuyo
curso hay que conocer hasta llegar a saber la verdad. No somos quiénes para decir cuál sea esa verdad, solamente somos unos ecua-
torianos amantes de su terruño que están intentando llamar la atención de la comunidad científica y del consenso público en general
para decir claramente que hay ocho kilómetros de documentación que hay que leer atentamente, pero para hacerlo, antes hay que
hacer la transcripción paleográfica. A nuestro entender la secuencia de trabajo con esta inmensa documentación es: primero la digi-
talización de toda la documentación y subida a servidores de acceso libre, luego la transcripción paleográfica, y finalmente la entrega
a los científicos de las Ciencias Sociales quienes emprenderán en la tarea de explicarnos qué hay o no allí, en esos ocho kilómetros de
documentación histórica. Así diremos adiós a las explicaciones simples e insufladas de pasiones en torno a esos trescientos años y quizá
nos acerquemos un poco más a la verdad de lo que ocurrió en ese, nuestro pasado.
19 Desde nuestro punto de vista, cualquier documento que entregue el testimonio o datos sobre este tema o afines por personas que
vivieron hace cuatrocientos o quinientos años tiene un valor que no se puede, no se debe soslayar. Piénsese, por ejemplo, en la trascen-
dencia de la averiguación hecha en el Cusco, en 1542, por el primer Gobernador del Virreinato del Perú, el Licenciado Cristóbal Vaca
de Castro (quien fuera enviado a pacificar a pizarristas y almagristas), con la finalidad de determinar “la verdadera historia” del mundo
andino, diligencia que tuvo, nada menos que el testimonio de dos quipucamayoc ancianos (escritores de quipu), Callapiña y Supno,
cada uno de los cuales relató a su modo la trayectoria y el significado de los hechos acaecidos durante las “guerras civiles entre Ata-
hualpa y Huáscar”, lo que hoy es materia de estudio y meditación académica profunda. Sus relatos no son la verdad última, pero quien
crea que podrá entender el mundo andino sin esos testimonios se equivoca. De idéntico modo, y en la misma confrontación histórica,
piénsese en la valía que tiene el testimonio de Jacinto Collahuaso (hacia 1670 - ?), imbabureño, escritor indígena que nos legó la herencia
cultural que estudió y aprendió de nuestros antepasados, y que a su vez dejó por escrito en su Historia de las guerras civiles de Ata-
hualpa y su hermano Atoco, conocido comúnmente como Huáscar Inca. Siendo éste el panorama ¿no se merece Jacinto Collahuaso
todas las diligencias de que seamos capaces hasta dar con cualquier noticia que tengamos de su obra escrita y vivida?
20 ¿También será necesario que conozcan bien los idiomas que han logrado sobrevivir hasta nuestros días de los pueblos y naciones de
América Latina? Tal vez si, tal vez sea oportuno trabajar sobre los fondos del Archivo General de Indias de Sevilla con personas que al
menos sean bilingües (que sepan castellano y por lo menos un idioma propio de América Latina) para que hagan las transcripciones
paleográficas. Tal vez ellos mismo den el paso hacia la Ciencia de la Historia y tal vez, ellos mismo al final nos expliquen qué exactamente
pasó en esos trescientos años. Tal vez. Tal vez un historiador afro descendiente del futuro nos lo explique, tal vez un día una mujer
épera historiadora nos lo explique. Tal vez. De esa mujer, de esa bellísima, preciada y soñada mujer nos separan solo ocho kilómetros.
gible implementar un Plan Nacional de
rescate de esa documentación, creando
una generación de paleógrafos que entre-
guen los textos en caracteres legibles esa
vasta e inexplorada documentación exis-
tente en España.
La cultura china tiene cienficos
que poseen plena conciencia de la necesi-
dad de sostener a lo largo de mucho
tiempo la investigación sobre sus guerre-
ros de terracota, esos portentosos custo-
dios de la tumba del Primer Emperador,
Quin Shi Huang
21
. Uno de aquellos cien-
tíficos ha dicho públicamente que la in-
vestigación que ellos están desarrollando
“es una tarea para cien años”.
Creemos que, pese a que ambos
temas tienen sus obvias diferencias
22
, ese
mismo espíritu debe reinar entre nosotros
para dar a la luz pública lo que almacena
el Archivo General de Indias. O ¿desfalle-
ceremos y aguardaremos quinientos años
más? ¿Dejaremos que el soporte material
(y con él toda la información que con-
tiene) de esa documentación se queme, se
apolille o se pierda? No, pues hemos de
planificar la lucha por hacer asequible a la
investigación esa documentación que es,
en buena parte, nuestra historia olvidada,
nuestra historia oculta, pero paradójica-
mente, nuestra verdadera esencia, el fin y
meta de nuestro presente, nuestro futuro.
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El archivo y la condición humana: apuntes críticos …
21 El artífice de la unificación de China bajo un mismo idioma, moneda y legislación.
22 Hay que notar que, a diferencia de las figuras de terracota chinas, los documentos del Archivo General de las Indias aportan datos
brutos más puntuales mientras que, frente a esas figuras, los historiadores chinos se hallan como Edipo frente a la Esfinge.
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CARLOS LEVOYER R. • ÓSCAR LLERENA B.
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