in Textos y Contextos
''Liberación y después en testimonios de mujeres sobrevivientes de un Centro Clandestino de Detención (Buenos Aires, Argentina)''
Resumen
La experiencia de la (propia) desaparición y posterior sobrevida a los Centros Clandestinos de Detención (CCD) trastocó las biografías del conjunto de personas que atravesaron el cautiverio. Sin embargo, las violencias generizadas aplicadas principalmente contra las mujeres y las situaciones y dificultades específicas que pesaron sobre ellas con posterioridad a la liberación, produjeron su propia mella. A partir del análisis de las historias de vida de mujeres sobrevivientes recopiladas en el marco de mi investigación doctoral y de testimonios orales disponibles en el Archivo Oral de la Asociación Civil Memoria Abierta, en este artículo exploraré sus recorridos posteriores a la experiencia del cautiverio con el objeto de identificar las singularidades que esas marcas de género fueron imprimiendo en los cursos vitales. Como intentaré argumentar, estas marcas no supusieron la pura agudización de las vulnerabilidades, sino que habilitaron también modos propios de hacer, de transitar y de (sobre)vivir.
Main Text
Introducción
La experiencia de la (propia) desaparición y posterior sobrevida a los Centros Clandestinos de Detención (CCD) -emplazados en Argentina durante la última dictadura militar (1976-1983)- [1] trastocó las biografías del conjunto de personas que superaron el cautiverio. En este marco, si bien los procesos de arrasamiento subjetivo atravesaron tanto a detenidas como a detenidos, las violencias generizadas aplicadas principalmente contra las mujeres[2], produjeron su propia mella. Una vez en libertad, y en función de los diversos tiempos personales y de las coyunturas socio-políticas y memoriales, unas y otros fueron recomponiendo -como pudieron- sus vidas. En el caso específico de las mujeres, las dificultades y pesares de los tiempos posteriores a la experiencia límite se solaparon, también, con otras situaciones vinculadas al género que permearon de manera singular esas (sobre)vidas y sus testimonios[3].
A partir del análisis de las historias de vida de mujeres sobrevivientes de un CCD de la Provincia de Buenos Aires, recopiladas en el marco de un trabajo de campo original y de testimonios orales disponibles en el Archivo Oral de la Asociación Civil Memoria Abierta [4], en este artículo exploraré sus recorridos posteriores a la experiencia del cautiverio con el objeto de identificar las singularidades que ciertas marcas de género fueron imprimiendo en los cursos vitales y en la construcción del recuerdo[5]. Como intentaré argumentar, estas marcas no supusieron la pura agudización de las vulnerabilidades, sino que habilitaron también modos propios de hacer, de lidiar con los efectos de la experiencia límite y de (sobre)vivir.
Para avanzar en estas reflexiones, analizaré primero los principales nudos de sentido y las tramas de afectividad que sostuvieron y acompañaron –no sin tensiones– los tiempos inmediatamente posteriores a la liberación (en algunos casos atravesados y tensionados por la maternidad, las tareas de cuidado y la necesidad de garantizar las condiciones materiales de existencia) y, luego, sobre las tramas de interrelación e interpelación que impulsaron a y acompañaron el recorrido hacia nuevos espacios, de mayor visibilidad pública. Desde una perspectiva de género, este artículo recupera, revisa y amplía las principales líneas interpretativas de mi investigación doctoral, que estuvo abocada al estudio de las inscripciones biográficas de la (propia) desaparición en las trayectorias de vida de hombres y mujeres sobrevivientes de distintos CCD en Argentina.
Los primeros tiempos: entre el resguardo/replieguesobre el ámbito familiar y la reproducción de las condiciones materiales deexistencia
Luego de ser liberadas/os, los momentos posteriores a ese “retorno” (o re-aparición) supusieron múltiples dificultades. Como señalan Canelo y Guglielmucci para el caso de exiliadas/os retornadas/os al país y de ex presas políticas –y tal como he podido analizar en la pesquisa doctoral–, “conseguir un empleo, insertarse en la esfera política y recomponer los lazos familiares y afectivos no resultó sencillo para los sobrevivientes de la represión, sobre todo ante la ausencia de políticas estatales que atendieran a sus necesidades cotidianas” (2005, p.177). En este marco, los relatos de hombres y mujeres dan cuenta -entre otros aspectos- de un movimiento de “repliegue” sobre espacios de la vida cotidiana que, ajenos al mundo de la militancia[6], habían albergado al sujeto con anterioridad a su inserción en la escena política (Lampasona, 2017). En primer lugar, la familia aparece para muchas/os como ese espacio del amparo originario que, luego de la experiencia límite, volvería a cobijarlas/os en los momentos más solitarios; al mismo tiempo, el estudio aparece también como un espacio de apelación y apoyo en esos tiempos de extrema vulnerabilidad personal. Mayoritariamente aisladas y conmocionadas por la violencia vivida, muchas de las personas, tras su liberación, fueron encontrando en esas tramas un resguardo posible, un ámbito de sostén que operó en muchos casos como un puntal sustantivo para modalidades incipientes de recomposición y reafirmación subjetiva. Estos procesos, empero, no se produjeron sin conflictos sino que estuvieron atravesados, en muchos casos, por tensiones, diferencias e incomodidades. La desarticulación del mundo hasta entonces elegido y la sensación de soledad en estos nuevos escenarios no resultaban sencillas. Aun cuando esas tensiones -al menos en los casos relevados en este estudio– no alcanzaron gran envergadura, son frecuentes las referencias al silencio o a las dificultades para hablar de lo ocurrido en el seno del hogar y/o en los entornos más próximos.
Ahora bien, estos movimientos, rupturas y reconfiguraciones de los espacios relacionales, que de manera general han atravesado al conjunto de los y las entrevistados y entrevistadas, asumen sus propias especificidades en los testimonios de mujeres si atendemos, en particular, a los modos de evocación y significación de las relaciones intrafamiliares –donde cobran centralidad las referencias a los vínculos parentales–, las relaciones de amistad, la propia maternidad y el ámbito laboral o educativo. En efecto, estos relatos traen consigo las rupturas y pesares de la experiencia de la (propia) desaparición y posterior sobrevida junto con una particular impronta de género, atravesada por los tiempos personales de la reproducción y la crianza, las formas sociales del cuidado, las tramas de afectividad construidas y el sostenimiento de las condiciones materiales de existencia. A continuación, entonces, exploraré algunas de esas historias para pensar la singularidad de estas marcas en su cruce con la pesadez, el dolor y las rupturas de esas (nuevas) vidas en “libertad”.
En junio de 1977, Susana y su compañero fueron secuestrados y trasladados a lo que posteriormente pudo identificar como el CCD “El Vesubio”. Se habían conocido algunos años antes, cuando Susana se incorporó a la Juventud Peronista y desarrollaba tareas de alfabetización en inquilinatos –de profesión docente, señalaría en nuestros encuentros que, tuvieron lugar entre noviembre de 2011 y febrero de 2012, que eso fue “lo que seguí haciendo toda mi vida, alfabetizar”–. Al momento del secuestro habían dejado de tener una militancia activa, pero continuaban funcionando como apoyo de compañeros y compañeras que así lo necesitaran. Ella estaba embarazada de pocos de meses. En septiembre de ese año fue liberada; su compañero, sin embargo, permaneció en condición de detenido-desaparecido hasta que en 2009 fueron identificados sus restos. Con un embarazo avanzado y su compañero desaparecido, una vez liberada volvió a vivir en su casa materna, de donde se había ido tiempo antes –y conflictivamente, al menos en un principio–para iniciar la convivencia con su compañero. En los nuevos tiempos que instalaba la (sobre)vida, de extrema vulnerabilidad afectiva, emocional y económica, esa sería su principal estructura de sostén. Ya en los primeros tiempos posteriores a su liberación, comenzaba a sentir la soledad por los compañeros ausentes –algunos desaparecidos, otros exiliados– y, fundamentalmente, la de su compañero. Pero también, y de manera acuciante, por las compañeras de cautiverio –algunas de ellas embarazadas– que luego de su liberación habían quedado en el CCD, y que continúan desaparecidas.[7] En este sentido, los primeros tiempos eran de un profundo pesar. Al recordar su propia liberación, señalaba:
En ese marco, Susana se fue recluyendo sobre sus vínculos más cercanos. Si bien ese espacio constituía para ella un pilar sustantivo, su regreso no significaba empero un retorno sin tensiones ni cuestionamientos. Como dijimos, Susana había elegido dejar su hogar materno en el marco de su relación y regresaba, ahora, sin su compañero y en una situación de extrema fragilidad. En su testimonio de junio de 2003 para el Archivo Oral de Memoria Abierta, sostenía –profundamente emocionada–:
La llegada de supequeño la encontró abocada de lleno a su cuidado, abriéndose a nuevas yprofundas afectividades pero reforzando, también, la crudeza y los miedospropios de esos tiempos:
Ante los diferentes pesares,en esos años, retomó sus estudios de magisterio, donde pudo recomponer poco apoco nuevos espacios de pertenencia:
Para Susana no fuesencillo llevar adelante sus estudios. No sólo por la crianza de su pequeñosino también porque debió enfrentar otras dificultades, entre las rutinascotidianas y “los prejuicios”. Sin poder hablar abiertamente sobre la suerte desu compañero, se presentaba al mundo como madre soltera y debía enfrentar, conello, un cúmulo de dificultades cotidianas que remitían no solo a lo burocráticosino, fundamentalmente, a lo emocional:
La soledad anudada a su condición de “madre soltera” densificaba los pesares por la ausencia de su compañero -silenciada en esos tiempos-, por las pérdidas y por sus propias vivencias. Aun así, Susana terminó sus estudios, fue recomponiendo nuevos entramados de relación y en los primeros tiempos de la democracia inició su recorrido de denuncia y búsqueda. En esos tiempos, incluso, volvió a formar pareja. Y fue ese sostén afectivo –el de los nuevos lazos y de su propia familia, que incluía a sus vínculos de origen y a los padres de su compañero– el que le permitió comenzar a reponerse, al menos parcialmente, y sostener también su participación en la trama pública. Ese recorrido testimonial, que se iniciaría tempranamente, estuvo orientado fundamentalmente a la búsqueda de su compañero y a aportar información sobre los detenidos-desaparecidos. Pese a ello, y como ella misma señala, debieron pasar muchos años hasta lograr una escucha y un entendimiento de su propia condición de sobreviviente que solo los pares (o algunos de ellos) podrían brindarle. En ese recorrido, el pesar y los dolores vinculados con la pérdida de su compañero y de muchas de sus amistades se solaparían así con las vicisitudes, amores y temores que planteaba su maternidad, con su condición de estudiante y madre “soltera”, y con su propio recorrido, reposicionamiento y búsqueda personal como sobreviviente[9].
Al igual que Susana,Nieves cursó su primer embarazo en cautiverio. Militante de VanguardiaComunista al momento de su desaparición, Nieves había sido secuestrada en juliode 1978, en el establecimiento escolar donde daba sus primeros pasos comomaestra. Inmediatamente fue llevada al CCD “El Vesubio”, donde permaneciódetenida hasta mediados de septiembre cuando fue legalizada y alojada finalmenteen el penal de Devoto[10].En mayo de 1979 obtuvo la libertad[11].A diferencia del caso anterior, Nieves no confirmaría su estado sino hasta su salida delVesubio. Su compañero era un exiliado uruguayo que vivía junto con ella en laclandestinidad y ella había decidido no dar información sobre esa relación:
Luego de la experienciadel CCD, los tiempos en la cárcel habían sido también de una profundareconfiguración personal. Allí cursó gran parte de su embarazo y allí nació suhija, lo que despertaría en ella dudas y temores. Las dificultades de lamaternidad en el contexto del encierro –esto es, en el marco de un cúmulo de medidasdisciplinarias y formas de aislamiento que apuntaron, entre otras lógicas dedesarticulación subjetiva y política, a “desmaternalizar a las madres” (D’Antonio, 2011, p.168)”–[12] se complementaban con dinámicas de contencióny de cierta socialización del cuidado y los afectos (Guglielmucci, 2005)[13].Así lo recordabaen nuestros encuentros:
Allí también se produjeron los primeros reencuentros familiares, y se propiciaron –con la complejidad y precariedad que esa nueva situación de reclusión suponía– las primeras formas de recomposición personal y vincular: “Pero bueno, a pesar de eso la cárcel era otra cosa, era estar con compañeras, era estar segura, era saber que no nos iban a matar, era poder compartir con otras experiencias. Era otra historia, digamos, nada que ver”.
Luego de este período, la vida en “libertad” imponía profundas transformaciones. El mundo de interacción se había reducido drásticamente, al tiempo que la propia vida ya no era la misma: Nieves no solo había estado desaparecida, sino que ahora era mamá. Sin poder volver a dar clases en la escuela pública ni regresar a la facultad –actividades que la ocupaban con anterioridad a su secuestro–, las dificultades emocionales y materiales que imponía esta nueva realidad la obligaban a volver a vivir en su casa materna. De allí se había ido tiempo antes de su secuestro, ante la necesidad de preservación que imponía el avance sostenido del proceso represivo. En nuestras conversaciones, Nieves recordaba esos tiempos con pesar, como parte de “un antes y un después”:
Larelación con su compañero se había sostenido durante el tiempo que duró sudetención. Sin embargo, en ese contexto de vulnerabilidad, las diferencias sefueron acrecentando hasta que finalmente se separaron. En conversacionesposteriores, en el marco de una entrevista realizada en 2016 para el ArchivoOral de Memoria Abierta, Nieves reforzaba:
Conlos meses, Nieves pudo ir reacomodando esa cotidianidad, repartida entre elcuidado de su hija, la reinserción laboral como docente en el jardín deinfantes que dirigía su mamá y la reanudación de los estudios universitarios.Fue allí, en efecto, que comenzó a armarse de un nuevo grupo de socialización:
Laconstrucción de esos nuevos vínculos no había resultado sencilla; como ellamisma señalaba, sus compañeros incluso la miraban con sospecha.[14]En su testimonio del Archivo Oral de Memoria Abierta, señalaba al respecto:
Hastaentonces, “había perdido prácticamente todo”. La mayoría de sus vínculos sehabían desarticulado y sólo había logrado mantener el vínculo con ex compañerasque habían permanecido detenidas con ella en Devoto, y con su amiga de toda lavida:
Yaen democracia las alternativas se fueron ampliando, y Nieves logró poco a pocoretomar su tarea docente en la escuela pública y terminar la facultad. Por largos años, sinembargo, permaneció ensilencio, pues no se sintió en condiciones de asentar su denuncia. En relacióncon la instancia de la CONADEP, en su testimonio para Memoria Abierta señala: “Notuve la fuerza ni estuve cerca de la Asociación de ex Detenidos. No, ya tedigo, esos dos mandatos (tanto de Coordinación Federal como de mi mamá), y creoque la nena incluso me retuvieron varios años”. Como ella misma refiere en sutestimonio, los años posteriores a su liberación habían estado atravesados porcierto imperativo de silencio que anudó tanto la requisitoria de las fuerzasrepresivas al momento de su liberación como un pedido expreso de su madre, porese entonces enferma: “[...] mimamá se puso mal, estaba enferma y me pidió que no vaya [a la CONADEP], que ya…que otra vez ella no iba poder resistir si a mí me pasabaalgo”. Aun así:
Los mandatos de silencio y los propios miedos parecían solaparse entonces con un cúmulo de dificultades cotidianas que habían complejizado esa vida en libertad. Allí, los pesares por lo vivido y las ausencias se articulaban con las necesidades de sostén, con las tareas de cuidado y reproducción de la vida material y con su propio rol como madre. Al igual que en otros casos, sólo el tiempo y los espacios de contención y escucha adecuados irían propiciando nuevos reencuentros y modos de revisitar sus propias vivencias, animándola a romper el silencio y a emprender su propia participación en la escena pública. Pero eso no llegaría sino muchos años después, hacia mediados de los años ‘90.
Como se desprende de estos recorridos, y como puede observarse también para el caso de otras historias sobrevivientes (Lampasona, 2017), al proceso de ruptura anudado a la (propia) desaparición se contrapuso un repliegue y un apoyo sobre espacios de interacción –principalmente, la familia de origen y/o los estudios– que hasta los momentos previos al secuestro se habían visto eclipsados por la actividad política. Para el caso específico de estas mujeres, sin embargo, las tareas de cuidado –fuertemente atravesadas, en estas y otras trayectorias, por la maternidad–, de reproducción y de sostenimiento de las condiciones materiales de existencia tensaron, al tiempo que densificaron, esa cotidianeidad marcada por la dureza de la sobrevida, las ausencias, las distancias y los silencios. Como advierte Jelin (2010, p.82), las responsabilidades de organización doméstica y de cuidado han recaído históricamente sobre las mujeres, condicionando y demarcando sus propias trayectorias. Esta condición socio-histórica emerge también, aunque con sus propios matices, corrimientos y singularidades, en la vida de las militantes; en efecto, y como se desprende del abordaje de Oberti, las desigualdades de género atravesaron también a las propias organizaciones políticas de los ‘70. Sin embargo, como destaca también la autora, aun con esos condicionamientos “las militantes transgredieron las normas y los límites sostenidos en siglos de dominación patriarcal y constituyeron para sí una praxis [...], un proceso de subjetivación que las desplaza del lugar tradicional” (2015, p.236) y configura desde allí atravesamientos mutuos y singulares entre vida cotidiana y prácticas políticas. En el caso específico que nos convoca, algunas de esas marcas de género pueden rastrearse también en los recorridos posteriores y en sus formas de evocación, tensando y agudizando las situaciones de vulnerabilidad, las desarticulaciones y reconfiguraciones producidas por los procesos de violencia. Así también, en la construcción de lugares singulares desde los cuales estas mujeres fueron transitando, habitando, diciendo y (re)configurando sus propias sobrevidas. Con todo, si las tramas de relación que acompañaron y sostuvieron los cursos vitales de las personas sobrevivientes estuvieron vinculadas, no tan solo con el ámbito privado de interacción sino también, en muchos casos, con formas más o menos activas de participación en el espacio público, en los testimonios que aquí se analizan esas tramas emergen dotadas de un profundo valor emocional y se sostienen en una amalgama de múltiples afectividades. Sobre algunas de estas emergencias avanzaré en el próximo apartado.
Sobrelos acercamientos a la trama pública. Y de las afectividades como soporte
Los momentos y espacios para la toma de la palabra y/o la intervención pública de los y las sobrevivientes han sido y continúan siendo diversos. En el marco de esas inserciones, tanto para los hombres como para las mujeres entrevistados/as, las instancias de interpelación de los otros y el (re)encuentro con pares –principalmente sobrevivientes– asumen una notoria centralidad al momento de considerar los procesos (siempre abiertos) de reafirmación y recomposición subjetiva (Lampasona, 2017).[15] En el caso particular de las historias de mujeres que aquí se analizan, esos entramados asumen un particular clivaje, también, en la figura de los hijos y en los lazos fraternos de sostén y referencia –como las amistades vinculadas con la militancia y/o el cautiverio–. Y esa urdimbre de prácticas, interacciones y afectividades, donde se entretejen y solapan los ámbitos “privados” de interrelación con aquellos más vinculados a la trama pública, permea de manera singular la narrativa del propio curso vital.[16]
La historia de Laura trae, como en otros casos, la problemática del aislamiento y el silencio de los primeros tiempos, en conjunción con un marcado repliegue sobre el espacio privado de interacción. A comienzos de 1970, Laura había iniciado su militancia en la Unión de Estudiantes Secundarios (UES); a finales de mayo de 1976, ella y su madre fueron secuestradas de su domicilio. Según sus propias estimaciones, durante los días que duró su cautiverio permaneció detenida en “El Vesubio” hasta concluir el recorrido en Campo de Mayo, de donde ambas fueron liberadas.[17] Al poco tiempo, lograron partir junto a su hermana a un breve exilio en la ciudad de Nueva York (Estados Unidos). Luego de trasladarse a Israel, donde permaneció por algunos meses junto a su novio, decidió volver definitivamente al país en marzo de 1977
Ese“borrón y cuenta nueva” implicaría en efecto, casi a modo literal, una “vida nueva”, una cotidianeidad signadapor la desvinculación de sus compañeros –algunos desaparecidos, otrosen el exilio–, el silencio sobre lo vivido y un marcado distanciamientorespecto de su historia previa, que se sostendría por años:
Como señalan Jelin (2002) y Pollak (2006), entre otros, el silencio supuso en muchos casos no un vacío sino un modo de sobrellevar la radicalidad de la experiencia límite y recomponer algo de la propia identidad avasallada. En este sentido, lejos de configurar una mera “imposibilidad” implicó, por el contrario, una forma posible de resguardar “espacios de intimidad” (Jelin, 2002, p.96) y de sobrevivir.
Durante esos años, Laura realizó sus estudios universitarios y se recibió de Arquitecta. Como en los casos anteriores, ese marco fue propiciando nuevas redes y espacios sociales de pertenencia, alejados de sus entornos previos. Una vez iniciada la democracia, la muerte de su madre le impidió afrontar –como ella misma señala– la realización de una denuncia pública sobre lo vivido:
Así prosiguieron los años, se casó y tuvo a sustres hijos. En este tiempo, aquel repliegue se fue reconfigurandopaulatinamente; Laura fue recuperando sus vínculos con compañeras/os demilitancia y amigas/os de la escuela secundaria, ámbito que -según refiere-marcó fuertemente su biografía:“el colegio… pasó a ser mi vida a partir de que entré, digamos. Toda mi vidasocial pasaba por ahí. Mis amigos, mi grupo de pertenencia…”. Hacia finales de los años ‘90, suparticipación en el armado de la placa conmemorativa de los alumnosdesaparecidos de su escuela propició nuevos encuentros y formas de vinculacióncon ese (su) pasado:
A esos reencuentros se anudarían también otrosacontecimientos, intervenciones y prácticas que, atravesados fuertemente poraquellas tramas afectivas vinculadas con su militancia y los años de sujuventud, fueron marcando su propio recorrido y los modos de re-vincularse consu pasado; entre ellos, la convocatoria a comienzos de los años 2000 parabrindar su testimonio en un libro colectivo sobre la experiencia del exilio–compilado por amigas y compañeras de militancia–, su participación en laComisión Pro Monumento de lo que luego sería el Parque para la Memoria[18]y las restituciones de los restos de amigas y compañeras desaparecidas emergencomo referencias ineludibles de esos nuevos tiempos vitales:
En este marco, entonces, Laura fue reencontrándosedesde nuevos lugares e interrogaciones con su propia historia y fueinscribiendo, también, sus vivencias en la escena pública. En su evocación, dos“hitos” aparecen como los disparadores que demarcaron –a modo de sostén,interpelación y acompañamiento– las temporalidades y condiciones de posibilidadde su testimonio: su participación en el libro ya referido y la demanda de suspropios hijos que, ya adolescentes, exigían conocer algo más de su historia. Ensu testimonio del Archivo Oral de Memoria Abierta, brindado en mayo de 2011,Laura señalaba:
Como analiza Guglielmucci para el caso de las presas políticas (2005), “el relevo generacional” asociado a las preguntas e interpelaciones de los propios hijos y de los de sus compañeros de militancia desaparecidos –agrupados, principalmente, en la agrupación HIJOS– configuró un puntal significativo para sus propias formas de rememoración, para la toma de la palabra y para el reencuentro, incluso, con otros/as compañeros y compañeras en el intento de reconstruir colectivamente ese pasado, las violencias y las ausencias (2005, p.12, 13). Eran ellas quienes podían, en efecto, narrar la militancia y contar sobre el destino de sus padres. En el caso de las (y los) sobrevivientes de los CCD, como parte de ese colectivo de ex militantes, estas interpelaciones animaron también nuevas preguntas, revisiones y rememoraciones de lo vivido. Para Laura, las referencias a sus propios hijos y a sus amistades más próximas, vinculadas con ese período sustantivo de su pasado –aquel que le brindara una fuerte impronta identitaria, de pertenencia–, van demarcando una trama de afectividades que, desde las prácticas de homenaje, la rememoración e incluso desde su propio hacer profesional, sostienen y dan sentido a su intervención pública y, más aún, acompañan la recuperación reflexiva de sus propias vivencias.
La historia de Silvia[19] también pone de manifiesto la centralidad de esas tramas e interpelaciones. Militante de la Juventud de Vanguardia Comunista, a mediados de julio de 1978 fue secuestrada y detenida –también– en lo que tiempo después supo que era “El Vesubio”. Tras dos meses de cautiverio, fue también legalizada y trasladada al Penal de Devoto hasta mayo de 1979. Al igual que para Nieves –a quien había conocido durante los estudios secundarios y con quien mantuvo su amistad a lo largo del tiempo–, los meses de prisión habían dado lugar a cierta recomposición de lazos y de reencuentro con su familia, aun en las condiciones adversas y de peligro latente que –como ya fue señalado– significaba la cárcel. Como en los casos anteriores, los primeros tiempos en libertad no fueron sencillos:
Enese marco, Silvia se casó con F. –su pareja al momento de la desaparición– y fuemadre de cuatro hijos. Ese “ocultarse” significaría para Silvia un profundoretraimiento sobre ese espacio privado de interacción y, fundamentalmente, elsilencio y la distancia de la mayoría de los vínculos construidos en el marcode la militancia:
Alo largo de los años los propios pesares por lo vivido –signadossignificativamente por ese “sentimiento de culpa” al que hacía referencia– seanudaron con dificultades familiares –principalmente vinculadas con laenfermedad y posterior muerte de uno de sus hijos– y económicas; en este sentido, y al igual que en casosanteriores, la complejidad de la (sobre)vida se superpuso con las tareas de cuidadoy de reproducción de la vida material demarcadas por la delicada situaciónintrafamiliar. A mediados de los años ‘90, con anterioridad a la muerte de su hijo A., Silvia asentó ladenuncia de su caso para la tramitación de la reparación económica por sucondición de sobreviviente y presa política –hasta ese entonces “no había dichonunca nada”–, pero no fue sino hasta los años 2000 que su testimonio asumiríanuevos sentidos y recorridos:
El interés por su relato implicaría para ella un acontecimiento deprofunda relevancia afectiva. La búsqueda de esos otros, que requerían einterpelaban su palabra, resignificaba sus propios modos de pensarse y derevisar su propio pasado: “¡Y entonces ahí mi palabra… tomó valor! Tomó valor…”.El impacto subjetivo de esa convocatoria, que ponía en el centro de la escenasu propia experiencia y reconocía la legitimidad de su palabra, se anudaría aotros acontecimientos personales y sociales que la impulsarían a una revisión profundade su historia, y a tomar la palabra. En el plano familiar, el diálogo con suspropios hijos se iría también reconfigurando: “Y con mis hijos, por ejemplo…Bueno, como en casa de eso no se hablaba, después empecé a hablar un poquitomás, que yo ya estaba separada y empezó a venir mucho M. también a casa”. Anivel social, la bajada de los cuadros de los represores en el Colegio Militarpor parte del entonces presidente Néstor Kirchner produjo también un clivajeprofundo en ese revisar-se y revisitar la propia historia. En la amalgama deestos procesos, Silvia comenzó incluso a hablar de ese pasado en múltiplesespacios que hasta entonces habían resultado profundamente cercanos –como losencuentros con sus compañeras de secundario o sus sesiones de terapia–, pero en los que “nunca hablamos de esto”. A partirde aquí, también, iniciaría una activa participación en el campo de losderechos humanos; en efecto, si bien hacía tiempo que asistía a los actosanuales de homenaje a los desaparecidos del Vesubio, estos acontecimientos laimpulsaron a una participación activa en ese espacio que resultaría, entérminos subjetivos, de un profundo valor reparador:
Como fue analizado en la investigación que enmarca este escrito, elreencuentro con pares significó muchas veces –aunque no siempre– una instanciaprofundamente reparadora para muchas y muchos sobrevivientes (Lampasona, 2017);la idea de un “lenguaje común”, de un entendimiento y una vivencia compartidossupuso para los y las sobrevivientes una posibilidad de sutura[21].Y en este marco de recomposición personal eintersubjetiva, “ese tema” que para Silvia aparecía como “un título” inabordable –inclusoentre sus vínculos más íntimos– iría poco a poco permeando, redefiniendo yampliando ese universo de afectos y de sostén.
Consideracionesfinales
Lashistorias de vida sobre las que se basó este estudio traen consigo la marca delas rupturas suscitadas en y por la (propia) desaparición y de los procesos(siempre abiertos) de recomposición de la propia subjetividad avasallada. Parahombres y mujeres, las dificultades, los dolores y reconfiguraciones de la vidaposterior a la experiencia límite han producido profundos clivajes cuyaspersistencias pueden rastrearse en el presente. Para el caso específico de lasmujeres sobrevivientes, los efectos del dispositivo desaparecedor se solaparontambién con desigualdades y marcas de género que -signadas en muchos casos porlas tareas de cuidado y la reproducción de las condiciones materiales deexistencia- tensionaron y complejizaron los años posteriores a la liberación,permeando en algún punto el peso subjetivo de lo vivido y el dolor de lasausencias. Sin embargo, lejos de remitir a una pura agudización de esos pesares,desde esas mismas marcas –o incluso a pesar de ellas–desplegaron también modos propiosde hacer y de vincularse desde los cuales habitaron y se dieron a sí mismas una(sobre)vida posible, y efectivamente vivible. A modo de esa praxis que proponíaOberti (2015), unas y otras fueron reconstruyendo un mundo propio sobre la basede afectividades de diverso orden, que albergaron tanto las tramas íntimas comoespacios de socialización más amplios.
Si bien no se ha profundizado aquí, debe señalarse que los hombres traen también en sus relatos la pesadez de ese después, poblado de dificultades laborales, materiales, relacionales y afectivas, y donde la desarticulación de los universos previos de interacción, la relevancia de los nuevos ámbitos de socialización y sus propias paternidades encuentran también un lugar significativo en la evocación. Sin embargo, es posible identificar entre unos y otras –y sin anular aquí la incidencia de mi propio lugar como entrevistadora mujer– diferencias de énfasis en los nudos de sentido emergentes en los testimonios, en las formas de evocación de los pesares, de la re-construcción de lo íntimo y/o de las tramas de afectividad, entre otros aspectos.
Este escrito ha sido un intento por aproximarme a estas diferencias adentrándome, en particular, en los modos en los que las marcas de género fueron imprimiendo matices a la experiencia de la (propia) desaparición y posterior sobrevida en mujeres sobrevivientes. Atenta a ello, las preguntas necesariamente se amplían: ¿Cómo abordar comparativamente esas diferencias en los modos de evocación de las militancias, cercenadas por la desaparición forzada? ¿Cómo rastrearlas en los apremios subjetivos, materiales y afectivos del “después”? ¿De qué manera se inscriben en estas historias las maternidades y paternidades? ¿Qué particularidades imprimen los intercambios y vínculos intergeneracionales? Sobre algunas de estas interrogaciones avanzaré en futuros abordajes.
Resumen
Main Text
Introducción
Los primeros tiempos: entre el resguardo/replieguesobre el ámbito familiar y la reproducción de las condiciones materiales deexistencia
Sobrelos acercamientos a la trama pública. Y de las afectividades como soporte
Consideracionesfinales