Dossier

Simpoiéticas Espectrales: Acontecimientos, Tramas y Compostaje de Vida

María Paula Vanegas
Universidad de Buenos Aires, Argentina
Xavier Alejandro Karolys Yánez
Universidad de Buenos Aires, Argentina

Revista Ciencias Sociales

Universidad Central del Ecuador, Ecuador

ISSN: 0252-8681

ISSN-e: 2960-8163

Periodicidad: Anual

núm. 49, 2026

fcsh.revista@uce.edu.ec

Recepción: 28 febrero 2026

Aprobación: 02 junio 2026



DOI: https://doi.org/10.29166/csociales.v1i49.9736

Los autores conservan todos los derechos de publicación del artículo y conceden a la Revista Ciencias Sociales una licencia no exclusiva, intrasferible y sin regalías por duración ilimitada para su reproducción, distribución y comunicación pública a nivel mundial bajo una Licencia Creative Commons Atribución 4.0 Internacional (CC BY NC 4.0)

Resumen: El siguiente escrito hace el intento de relatar las otrxs narrativas que se posibilitan por fuera del lenguaje dado. Dejamos que surjan vidas-muerte siempre entrelazadas en los intersticios de la letra, en lo que adviene bajo el nombre de simpoiéticas-espectrales. Arriesgamos la seguridad que nos da la lengua, la clausura de la comodidad, para desplazar posibilidades (im)posibles de lo que se articula en los marcos que nos configuran. Recuperamos la imaginación de otrxs sucesos que insisten y desbordan toda formulación, sobrevivir-con, vestigios espectrales de sutiles gestos que se entretejen en la fragilidad. Se vuelve insostenible decir -Yo- cuando emerge con otrxs, de nombrar a lo individual sin la intra-acción, o de perpetuar la ilusión del hombre por encima del resto.

Palabras clave: Simpoiesis, espectralidad, narrativas, intra-acción, acontecimiento.

Abstract: The following document attempts to convey other narratives that are only made possible outside the given language. We let the life-death continuum emerge always interwoven in the interstice of the letters, in what arrives under the name of spectral-sympoiesis. We risk the security that our language brings us, the discontinuation of commodity, to displace (im)possible possibilities of what can be articulated within the frameworks that define us. We recover the imagination of other events that insist and flood all attempts at formulation, survive-with, spectral vestiges of subtle gestures that are woven in fragility. It becomes unsustainable to say «I» when other emerge with it, to name individuality without intra-action, or perpetuate the illusion that mankind is on top of the rest.

Keywords: Sympoiesis, spectrality, narratives, intra-action, happening.

Introducción

Para esta investigación nos ubicamos en un híbrido entre dos teorías, un híbrido que nos ayuda a hablar de las cosas que realmente nos importan, un híbrido que nos permite tejer la posibilidad de una nueva escritura; una escritura no mortífera, no individualizante, no servil a los sentidos del poder que problematiza el habitar el mundo a nuestro alcance. Hacemos un híbrido entre el posestructuralismo y los nuevos materialismos, establecemos una coexistencia entre la teoría de Derrida con la de Haraway y Barad; entre la crítica a la metafísica occidental y sus sentidos, y la materialidad de la lengua y la agencia de los objetos.

Simpoiesis es un término que nace de la necesidad de nombrar algo distinto a la autopoiesis, la necesidad de hablar de sistemas colectivos que no obedecen a límites espaciales y temporales autodefinidos. Es la imposibilidad de la existencia de organismos individuales que se sustenta no solo en fundamentos filosóficos, sino desde la biología y la física cuántica. La vida no existe flotando en vacío, sino en un sistema complejo de dependencia y sostén-con el resto de cosas. Haraway (2019) nos habla de la simpoiesis como estos sistemas que cambian nuestro paradigma individualista. De manera similar, Barad trabaja este hecho diciendo que las entidades y acontecimientos solo surgen de y por la intra-acción (no interacción) que hay entre ellxs[1]. La diferencia entre los agentes se da únicamente en sentido relacional, no en un sentido absoluto, «las agencias solo son distintas en relación con su entrelazamiento mutuo; no existen como elementos individuales» (Barad, 2010, p. 6). La existencia sería, entonces, indeterminada y discontinua. Cambia constantemente y nunca adquiere una forma definitiva; lo cual implica que la identidad del sí-mismo que llamamos «propia» es un imposible.

Por otro lado, si tuviéramos que arriesgar alguna definición de lo espectral señalaremos que la vida transcurre a condición de muerte. Cuya finitud, frágil-mortal, sobrevive en el asedio de lo póstumo. Derrida señala que todos somos espectros porque transcurrimos entre la vida y la muerte, y en cuanto mortal para otrxs mortales donde ya estamos muriendo, la presencia es desplazada; nunca presente como tal porque devenimos en la inminencia del acontecimiento. Esta aparición furtiva se despliega en varios tiempos, desde el sobrevivir-con hasta el ser-con-los-espectros. Alianzas de una promesa que no es secreta, una promesa que convoca antes de tiempo donde se teje un «estar ahí» no sincrónico, el cual posibilita las fuerzas de continuidad, antes y después de toda despedida.

Proponemos entonces el término «simpoiéticas espectrales» para atender a la vida no como una propiedad individual ni exclusivamente humana, sino como una micropolítica de la fragilidad que emerge de entramados materiales heterogéneos. Desde esa exposición compartida de la finitud, el «estar ahí» deviene en una práctica relacional de sostén mutuo desde la cual la supervivencia se torna posible. Buscamos desplazarnos hacia aquello más-que-humano, allí, donde las categorías de sujeto y objeto, interioridad y exterioridad, dejan de operar como verdades naturales para mostrarse como ficciones al servicio de una racionalidad antropocéntrica, colonial y extractivista. La simpoiética espectral no busca constituirse como un concepto cerrado, sino como una apertura ético-política hacia la vida misma, hacia un lugar donde el Yo deja de ocupar el lugar de soberanía.

Siguiendo las huellas del posestructuralismo derridiano, esta investigación se aproxima a la deconstrucción no como un método rígido, sino como una práctica crítica de lectura y escritura orientada a interrogar las formas tradicionales de organización del conocimiento y a desestabilizar las oposiciones binarias heredadas de la metafísica occidental. En diálogo con la propuesta de los nuevos materialismos, esta perspectiva permite pensar la existencia desde entramados relacionales donde cuerpos, afectos, materialidades y territorialidades emergen de manera intra-activa y mutuamente constitutiva. En este sentido, siguiendo a Karen Barad (2010), aquello que podría interpretarse como una «falta de certeza epistemológica» remite, más bien, a una «indeterminación ontológica», es decir, a la imposibilidad de concebir la existencia como plenamente dada, estable o clausurada.

Lenguaje, colonialidad y producción del sujeto en la metafísica occidental

«En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios» (Juan 1:1-14). Cuando nombro Yo y aparece el Otro por fuera de mí, se forja la diferencia. El Otro me mira desde su lejanía corporal que tiene bordes claros y estables. Hacemos relación y somos nosotros, pero es una falsa conjunción, hasta cuando el Otro me deje y, por fin, vuelva a ser Yo. Siempre Yo, desde mi nacimiento. Yo, hasta el día de muerte, donde mi identidad se reproducirá como lo mismo hasta la eternidad. ¿A dónde va el Yo cuando muere?

El lenguaje es lo que ha posibilitado nombrar al Yo, dentro de sus letras se encuentran las huellas de su identidad. El lenguaje nos separa de los animales, dicen, y es la prueba de que somos seres intelectualmente superiores. El hombre crea la lengua, dicen, y en la lengua nos creamos. Pero hay cosas implícitas en este lenguaje, cosas siniestras que no son evidentes. El lenguaje dice nombrar todo lo existente, cuando nombramos algo significa que lo conocemos, lo atrapamos, pero ¿qué es lo que el lenguaje atrapa realmente del existente? Nuestro lenguaje le quita la agencia a todo eso que es Otro: lo animal, lo vegetal, lo mineral, lo racializado, lo queer, lo extraño. Y, de la misma manera, nuestro lenguaje carece de palabras, incluso de letras, para hablar estas cosas. Lo nombra solo como una diferencia, lo limita y lo esconde. Todo con la finalidad de seguir reproduciendo la misma cosa: El hombre moderno y todo lo que él implica; Un-sentido.

¿Por qué de dónde proviene nuestro lenguaje? Nosotrxs, hispanohablantes hablamos de «nuestro» lenguaje. El español que nos enseñan desde niños, la ortografía y la gramática. Llevamos diccionarios de la lengua española en nuestras mochilas del colegio. Fuimos corregidos por pronunciar «haiga» o «entendistes». Nos retaron por decir «guagua» y «achachay», porque tenemos que hablar «bien». Ahora nos dicen que corrompemos el lenguaje cuando decimos «elle» u «otrx». ¿Qué es hablar bien? «Nuestro», si es que puede ser nuestro, lenguaje es herencia de la colonización, de la violencia del progreso y del modernismo. Hablar «bien» es seguir las leyes de este amo, es aceptar su sentido ya sea en la cotidianeidad, en la ciencia o en la academia. «Nuestro» lenguaje vino en barcos, nos obligó a olvidar otras lenguas y nos prohíbe imaginar lenguas nuevas. Hay quienes mueren en nuestro lenguaje; hay quienes ni siquiera aparecen en él. Hay flujos de vida-muerte inmensos en los silencios entre las palabras, vidas ocultas, potenciales borrados; pero las huellas, las marcas quedan. Marcas imborrables, como las letras de una lápida gastada o como lo que se lleva una ola, escrito en la arena.

Antes de comenzar, donde el inicio se difiere, arriesgaremos el aliento al borde de los labios; destino extrañamente desplegado desde la sobre-vida, como aquella confesión que habla y habita desde el estremecimiento. Al filo de este escrito, en la heterogeneidad de lo que se discute, expone y reflexiona, alberga «más de una lengua»; espacios (in)finitos pero a la vez finitos en la entonación de los sonidos, del canto, de los gestos y de las palabras. Esto nos lleva a preguntarnos ¿quién habla cuando digo estas palabras? Hablan nuestras historias, los afectos, las huellas, las cicatrices, nuestros muertos, nuestra cultura, la geografía, es decir, quien menos habla es él Yo. No hay Un-Sujeto de la enunciación sino que se trata de espacios correlativos mundanos, extraordinariamente parasitados, que conllevan la impronta de la promesa en la multiplicidad que los reside; ahí, en el flujo de mundxs donde los acontecimientos anudan tejidos y humedecen el movimiento de vida-muerte, como si habláramos en lenguajes espectrales.

Evocar al espectro no conlleva aludir a un discurso idealista o dicotómico, en el que nos referimos a lo abstracto en contraposición a la materia. Hablar de lo espectral es hablar de la materialidad, de la vida en su intensidad. Este asedio es la condición constitutiva de la finitud, como lo dijimos anteriormente, es esa aparición furtiva del sobreviviente cuya posibilidad viene de antemano, todxs nosotrxs la transitamos; estamos entre la-vida-la-muerte, sobreviviendo en la apertura del acontecimiento, pero también de la promesa. Señala Derrida (2007) que: «somos supervivientes con la sentencia en suspenso» (p. 22), es así que esa (re) aparición disloca la metafísica de la presencia deconstruyendo toda ontologización. De ahí que la espectralidad señala el pensamiento del acontecimiento, de la huella, que no es sino huellas de huellas, tanto del pasado como del por-venir; lo que nos lleva a señalar que todo vínculo está atravesado entre la-vida-la-muerte y, en esa posibilidad del «entre», el asedio está antes y después de todo adiós.

En sí, nuestros vínculos siempre-ya están atravesados por la muerte, por lo cual, en todo lenguaje hay un resto que conlleva la ausencia en su exposición. Y, en esa experiencia fugitiva de alguna intimidad errante, las relaciones recorren su intensidad haciendo visible el origen tachado de una sola lengua, porque ella se encuentra extremadamente parasitada. Derrida (1997), arriesga dos proposiciones: «nunca se habla más que una sola lengua. Nunca se habla una sola lengua» (p. 19). Aunque el enunciado parezca contradictorio, hace recaer en que la lengua es la lengua del otro. No hay propiedad porque ella está afectada por la misma ex-apropiación al remitir siempre a otra parte. Si bien la experiencia podría considerarse «autónoma», todo lenguaje señala la hetero-convocatoria que hace posible la articulación, no solo de la marca, sino del pliegue que se desplaza en el espacio de relación.

En la medida en que se piense que las palabras son dadas, la lengua del amo ha triunfado. Vivimos en el automatismo de la letra, pensando en ella como algo natural, como algo que existe por nosotrxs y que cumple la función de comunicar algo, sin percibir más profundamente sus implicaciones para la existencia de un sujeto que está-ya sujetado a ella. Tal es el caso que acatamos sus normas sin problematizarlas, asumiendo sus formas, marcas y significados.

Fallamos en entender que en ella existe el sello de la metafísica occidental que plantea Un-sentido, ya que, históricamente, se ha centrado en la remisión de una realidad «objetiva», una realidad originaria, naturalizando así una violencia jerárquica desde el resguardo de lo identitario. Un-sentido, incuestionable, indiscutible, homogéneo y estable. Una ficción. En el marco de esta operación se desvía la dimensión política del lenguaje en aras de servir al biocapitalismo bajo una ficción que oculta su repercusión; esta captura y se arroga el derecho de administrar la vida al hablar en clave dicotómica.

La (im)posibilidad, el asedio del espectro en la lengua

«Sí, no tengo más que una lengua; ahora bien, no es la mía» (Derrida, 1997, p. 14). El lenguaje teje flujos de vida-muerte justamente porque hay vidas ocultas en estos tejidos y muertes cuyos restos pueden encontrarse en los intersticios de las letras; restos que buscan ser desaparecidos y que resultan imposibles de ser recuperados. Sin embargo, no nos interesa resucitarlos, no queremos un retorno (im) posible de lo que ha muerto. Queremos discutir en estos intersticios y conversar con los espectros para posibilitar tejer, a partir del acontecimiento, algo en la letra que nos permita reconciliarnos con eso que ha muerto, y que fue necesario que muriera para la letra. Letra muerta, texto asesino y espectralidades que proyectan otrxs vidas posibles.

Advierte Frantz Fanon (1983) que el mundo colonizado es un mundo cortado en dos; esta es una asignación histórica en la que se ha infiltrado un modo de lo común sangriento bajo la estructura colonial al contraponer lógicas binarias como lo Uno y lo Otro. Donde lo Uno se erige como soberano y lo Otro queda excluido, pero servil a las estructuras de poder. Este régimen de opresión consigue disfrazar la violencia y la exclusión al proclamar la idea «universal» de lo humano, pero si consideramos unos rasgos mínimos de aquella concepción antropocentrista, nos vamos a encontrar con que se habla de un humano en específico: el único que posee agencia, que puede hacer uso de la razón y que tiene el poder. El varón heterosexual hijo de la modernidad.

El lenguaje, su lenguaje, nos propone alternativas infernales que dan la ilusión de la elección y libertad, sin embargo, lo que propone es siempre lo mismo. Cuando hablamos de Un-sentido, nos referimos a esta falsa ilusión de elección. El lenguaje siempre reproducirá ese sentido, esa identidad, ese varón. «Aceptar se ha vuelto un imperativo» (Stengers y Pignare, 2018, p. 62). Abrir las posibilidades de nombrar eso que no aparece como posible en el lenguaje, es abrir la posibilidad de una verdadera elección, de un nuevo mundo posible. Sin embargo, esto no es lo deseable a los ojos del poder. La falta de imaginación para nombrar cosas nuevas es parte de nuestra sujeción, y no solo eso, sino que descartamos inmediatamente cualquier cosa distinta como lo (im)posible.

De manera comparable ocurre cuando escuchamos «Ese idioma es la llave para abrir las puertas del mundo», ahí podemos preguntarnos ¿Qué mundo?, y si se asume que hay una llave. ¿Qué implica eso? Resulta importante señalar los múltiples signos de Un-mundo-colonial que se infiltran masivamente, reforzando el sometimiento y que responde claramente a un modo de producción concreto. De ahí, por ejemplo, que cuando hablamos de propiedad inmediatamente se relaciona con propiedad privada y no colectiva. Ahora pensemos en libertad, ¿Qué evoca esto? Por un lado, cae como trueno la libertad de mercado cuando podríamos haberla pensado como libertad de toda enajenación. De este modo, lo que se evidencia es un extractivismo de la palabra que censura su polisemia para usarla de una manera muy particular, adaptándose a determinadas narrativas cómplices del status quo.

La vida, por otro lado, se manifiesta en la imposibilidad. La materia se organiza y se re-organiza constantemente en entrelazamientos que posibilitan la existencia y que sobrepasan por mucho las concepciones binarias que heredamos de la metafísica de Occidente. Las relaciones entre múltiples estados de la materia son relaciones irreductibles. Karan Barad (2010) analiza a nivel quántico esta existencia: «No hay una línea divisoria fija entre «yo» y «otro», «pasado» y «presente» y «futuro», «aquí» y «ahora», «causa» y «efecto»» (p. 38). Si los elementos de un conjunto son solo distintos a nivel relacional, la propia estructura individual del sujeto moderno no es más que una ficción relacional. Ante el orden del sentido, los flujos de vida-muerte son des/orden; ante la continuidad mecanicista de la lógica y de la razón, las partículas están sujetas a dis/continuidades; ante la estabilidad de la identidad humana, la materia está dispuesta a una in/estabilidad. El sujeto humano, sujetado al único sentido de sus lenguas, da forma a una identidad imposible, siempre estable, siempre dominante, pero cómo dice Paul Klee citado por Ingold (2011) «La forma es el fin, la muerte. Dar forma es movimiento, acción. Dar forma es vida» (p. 1).

La espectralidad se manifiesta en esta (im)posibilidad que desborda la letra más allá de toda materia inerte y de toda presencia plena. La escritura nombra, pero al mismo tiempo deja lugar para aquello que se retira, la huella de lo indeterminado, la x que desorganiza el dualismo del a/o y fractura toda pretensión de identidad estable. La espectralidad habita la temporalidad de aquello que nunca termina de presentarse, la presencia del otro en el Yo, las marcas de las garras de un animal sobre el lodo seco. Allí, la escritura deja de pertenecer exclusivamente a lo humano y se abre a una red de huellas, afecciones y coexistencias que vuelven imposible pensar el Yo como unidad autónoma.

Estamos obligadxs a existir dentro del pensamiento de la metafísica de la presencia, solitaria e individualizante con una forma determinada, terminada y presuntamente eterna. El sujeto que deja de creer en dios se encuentra con que no hay nada después de la muerte. El hombre muere hombre y nunca fue, ni será, nada más. Sin embargo, si aprendemos a leer estos intersticios en la letra, estos espacios que escapan a la lógica de Un-sentido, nos toparemos con los espectros. Espectros siempre en mí, indisociables, imposibles, nunca presentes, pero nunca ausentes, que nos insertan en otrx tipo de pensamiento, en un sobrevivir-con que, a diferencia del hombre moderno, no puede prescindir del resto para ser en el presente.

El otro, la espectralidad y otrxs posibilidades de existencia

Todo es relación, todo es intra-acción. Incluso esto que consideramos lo más íntimo ya está plagado de espectros ajenos, otrxs, que nunca podremos incorporar como propios por completo. Es imposible para el Yo expulsar en su totalidad al Otro, ya que yo es por el otro. En la misma diferencia que expulsa lo ajeno se tejen las coordenadas de nudos, encuentros y espasmos que no pueden ser desenredados entre sí. La ficción autopoética del hombre es el verdadero imposible. «Los bichos se interpenetran unos a otros, se rodean en bucles y se atraviesan mutuamente, se comen entre sí, se indigestan, se digieren y se asimilan parcialmente, estableciendo arreglos simpoiéticos conocidos como células, organismos y ensamblajes ecológicos» (Haraway, 2019, p. 100).

Cuando la voz tiembla, cuando se entrega al riesgo de la vibración, como quien se desarma al borde de sí mismo, ese estremecimiento nos recuerda también las intensidades que recorren; por ello, habría toda una micropolítica que palpita o delira desde agentes colectivos de enunciación: comunidad-ensambles-territorios-lenguas. Qué pasaría sí, como Deleuze (1996) advirtió, el tartamudeo no se trata de un diagnóstico de trastorno de fluidez verbal sino de creación, donde las reverberaciones desmantelan la opresión conceptual para dar cuenta de su polisemia, por lo tanto, de su potencia. De hecho, Monique Wittig (2006) comparte esta idea señalando que los balbuceos dan un rodeo para reactivar constantemente letra y sentido, ya que, la conciencia de la opresión no es solo una lucha contra la opresión, sino que supone también una transformación política de los conceptos. Quizás, al balbucear reinventamos otrx lengua que acoge en esa desaceleración desplegando pulsos, flujos, pliegues y fugas; dis/ continuas e intermitentes pero hospitalarias.

Incluso, nos atrevemos a decir, por medio del estremecimiento de la fragilidad como de su potencia, que la experiencia del lenguaje se abre anunciando las vidas-muertes de historias y de alianzas que intra-accionan, cuya posibilidad se trenza sobreviviendo-con antes de su primera aparición. Aquella compañía da lugar a otrxs lenguajes tentaculares, desestabilizando así la narrativa especista porque en los nudos poliespaciales y politemporales se encuentran otrxs registros, otrxs relatos que llaman en la promesa. Y si la promesa es la condición misma del lenguaje, podríamos hablar de relaciones simpoiéticas-espectrales para aludir a la vida misma, donde los vínculos de devenir-con asedian intempestivamente, abriendo espacios para que broten las humusidades compostables que tanto Haraway (2019) enfatiza; aquella sobrevida, ese vivir-con después de la muerte que promete continuar hasta la última palabra de la frase.

Otrxs letras, otrxs palabras, otrxs lenguajes, otrxs vidas que se encuentran clausuradas, aisladas, externalizadas, automatizadas, demovidas, oprimidas, violentadas y así hasta el infinito. Vidas que existen, pero se ignoran, huellas que re-escriben en la intra-acción, sistemas complejos que viven, sobreviven y se destruyen constantemente. Diferentes horizontes de posibilidad.

Los Mundos Mortales no se crean a sí mismos; no importa la complejidad ni los múltiples niveles de los sistemas; no importa cuánto orden pueda llegar a producirse del desorden, en generativas y autopoiéticas averías y reactivaciones del sistema a mayores niveles de orden. Los sistemas autopoiéticos son interesantísimos (...).

Pero no son buenos modelos para mundos vivos y agonizantes y sus bichos.

(Haraway, 2019, p. 63)

De ahí que tal vez sea necesario devolver la palabra a los fantasmas...

Simpoesis-espectral, tramas afectivas de la cotidianidad

Hablar de simpoiética-espectral, de sobrevivir-con es una conversación constante con todx lo existente, un desdibujar de temporalidades, formas, sentidos y aprender a existir en conjunto con lo que nos rodea, no sobre ello. Un nuevo lenguaje, multi-lenguaje, una multitemporalidad. La posibilidad de cederle la palabra a bichos, rocas, raíces, espectros.

Si el hombre ha escrito historias de sus héroes, sus conquistas y sus proezas durante siglos, estas historias no nos han traído nada más que domesticación en forma de entretenimiento y pretensión de verdad. «Es el relato lo que hace la diferencia. El relato que ocultó mi humanidad de mí misma, el relato de los cazadores de mamuts contó sobre golpear, empujar, violar y matar…» (Le Guin, 2022, p. 35). Lo que la simpoiética-espectral pone en cuestión no es solamente un relato, sino la arquitectura misma que hizo pensable al Yo como centro autosuficiente, dejando entrever las tramas de exposición, dependencia y apertura que ya habitan toda existencia.

Pero para ejemplificar esto y no caer en la alta abstracción filosófica de la metafísica occidental y comprobar que efectivamente esto que decimos es mundano, es cotidiano y está en todas partes, enfatizamos que los humanos no son los únicos que escriben. Hay escrituras que se remontan al nacimiento de nuestro universo, a un tiempo profundo y son huellas que anudan tejidos incesantes, (in)finitos.

Lxs rocas portan relatos, seres aparentemente inanimados, aburridos e inconsecuentes y nos daremos cuenta de que ellxs escriben acerca del mundo, el pasado, las posibilidades de la existencia, el futuro y escriben también de nosotrxs.

La piedra caliza es una roca sedimentada, testigo silencioso del sedimento que la forma, espectros. Ellx está en un proceso de intra-acción intempestiva que escribe constantemente en su cuerpo. Podemos encontrar fósiles de animales, vegetales y minerales dentro de su corporalidad sedimentada, todo un entramado de vida-muerte que nos cuenta de tiempos inmemorables y se escribe en la materia. Ahora, si uno se encuentra en el lugar correcto, podrá encontrar una franja de barro oscuro entre la roca, a esta la conocemos como el límite K/T. Si hiciéramos el ejercicio consciente de interesarnos por estas rocas y su relación en el mundo y con el mundo que la rodea, si pudiéramos pensar en ellxs como más que seres inertes, en fijarnos en lo particular de la franja oscura que la atraviesa, podríamos darnos cuenta de que por encima de la franja la piedra ha sedimentado fósiles que nos cuentan de eras de antaño, pero que por debajo todo esto desaparece inmediatamente. Podríamos también caer en cuenta del hecho bizarro de que la franja contiene cantidades absurdas de iridio o cuarzo chocado.

El límite K/T es una escritura simpoiética-espectral que relata el fin del periodo cretácico y el inicio del período paleógeno, la era de extinción de los dinosaurios. ¿Pero por qué, aparte de su aporte a la geología y al saber científico, nos interesan tanto estas rocas? Generalmente relegamos a la ciencia este tipo de lecturas, vemos el valor en explorar a los objetos solo en la medida en que estos nos aportan conocimiento. Usamos luego este conocimiento para ejercer nuestro lugar como soberanos sobre lo existente. Y sin embargo, las rocas se dejan leer de otrxs modos: como poesía, como relato.

La historia que se escribe en su cuerpo nos cuenta del balance de la vida en la Tierra que se viene escribiendo desde hace siglos, sin una finalidad, sin pretensión de saber, solo existe, deviene en intra-acción con todo y muestra las marcas de espectros de un mundo intensamente interconectado. A pesar de ser una escritura que nos narra la historia, esa no es la finalidad del relato de las rocas. De hecho, no hay finalidad en su escritura. Las rocas no escriben para generar conocimiento o para hacer conversación con nosotrxs. Ellxs ya se encuentran en relación con todo lo existente y la escritura se genera a partir de allí como un resto.

Generalmente vemos en lxs objetos solo en la medida en que podemos atrapar algo de ellxs, siempre en externalidad, ejercemos nuestro lugar como soberanos en este gesto. Pero la trama de las escrituras simpoiéticas-espectrales son relatos vida-muerte, de existir siempre-con, de la imposibilidad de la existencia individual de una forma de la materia. El reverso del relato que conocemos. Entendemos en su escritura la fragilidad de la existencia, de la forma y de la inminencia del cambio; afectaciones que le suceden a las bacterias más insignificantes, hasta los grandes mamíferos. Entendemos aquí la imposibilidad de un Yo sin el Otro. Se marca en el iridio del límite K/T la polisemia de la vida.

Si las rocas nos invitan a pensar otrx lenguaje, otrx agencia, percibamos también lo que la tierra murmura, sostiene y transforma. Allí, entre la tierra donde palpita otrx tipo de acontecimiento: no el de la permanencia, sino el del entramado viviente. Nos referimos a la red micorrízica, esa asociación simbiótica donde raíces, microorganismos, hongos y animales se entrelazan en vidas compartidas.

No hablamos de elementos aislados, sino de cuidado, de comunicación e interdependencia. Lo que acontece no puede reducirse a un esquema funcional porque no hay un centro, ni un orden determinado. Hay flujo, afectación, contaminación y alianzas en movimiento que se rehacen constantemente sobreviviendo-con otrxs. Por ejemplo, cuando un árbol enferma, otrxs lx sostienen enviándole nutrientes, agua y compuestos a través de esta red. Incluso, cuando una amenaza se acerca, se esparce una especie de alarma para resistir y acompañar en posibilidades de vida.

De esta manera, cuando un hábitat ha sido violentado, por ejemplo, con extracción minera o incendios, el suelo pierde gran parte de sus nutrientes y, por lo tanto, de vida que se solía sostener. Acá es donde intra-acciona este rizoma viviente para conectar y ayudarse mutuamente a sobre-vivir en condiciones de ruinas capitalistas, como diría Ana Tsing (2023).

Por ello, habría algún lenguaje ya-diferido, desplazado y espectral; archi-escritura que lleva consigo la huella de otrx. Colectividades inestables, frágiles que acompañan ante la muerte, comunidad acontecimental de algún estar-ahí en el intersticio del contagio. Complicidad porosa, contaminante, que despliega la posibilidad misma de la apertura incondicional al otrx, otrx que me habita desde siempre, siempre otrx, más que otrx.

En el texto del antropólogo Tim Ingold (2022) «Devolviendo la vida a las cosas», un pasaje dice lo siguiente:

Supongamos que focalizamos nuestra atención en un árbol particular. Allí está, arraigado a la tierra, el tronco erguido, ramas extendidas, meciéndose en el viento, con o sin brotes y hojas (…) ¿es el árbol, entonces, un objeto? En tal caso, ¿cómo deberíamos definirlo? ¿qué es árbol y qué no-árbol? ¿dónde termina el árbol y comienza el resto del mundo? (…) ¿es la corteza, por ejemplo, parte del árbol? Si tomo un pedazo encontraré sin duda que está habitado por muchas pequeñas criaturas que excavaron por debajo de ella e hicieron sus hogares. ¿Son ellos parte del árbol? ¿Y qué sucede con las plantas que crecen en la superficie exterior del tronco? Incluyendo al pájaro que construye su nido allí, o el viento que mece sus ramas y resuena el crujido de las hojas. (…) me lleva a concluir que el árbol no es un objeto, sino una cierta reunión de los hilos de la vida (p. 4).

Quizás, lo que se deja entrever es aquella red de filamentos que permite el flujo o incluso la donación, acontecimiento y don que arriesga a cada instante, acontecimiento de vida que rompe con la idea de organismos individuales y autónomos. Más bien, se posibilita la percepción de que siempre-ya acontecen relaciones contaminantes desde la vulnerabilidad. Pensar en términos de vulnerabilidad es pensar en la vitalidad misma de la vida-muerte que se sostiene desde el cuidado-con.

No queremos plantear que hemos descubierto algo nuevo, tampoco que es posible para nosotrxs plantear crear algo similar a lo que ya existe previo al lenguaje que llamamos propio. Nosotrxs podemos percibir, a pesar de nuestra condición humana, de nuestras letras limitadas y de nuestro saber sesgado. Podemos aprender a leer y escribir en los tejidos de lo existente, lo que requiere de un esfuerzo deconstructivo de la metafísica occidental que plaga los sentidos de nuestrx pensamiento. Se posibilitan aperturas de flujos y tejidos no a través de conocer el mundo como objeto, sino de estar atravesadxs en un simpoiética-espectral, hacia, lo que, es más-que-humano, inserto en una vida-muerte, lo que nos impide nombrar un yo individual, o lo que nos impide decir Yo por fuera del Otro. Esto que se sostiene en la trama de la vida, no como una acción sino como la operación colectiva de algo que ya está constantemente sucediendo. Esta trama está siempre intra-accionando, es decir, hilando relaciones con otrxs; no porque queremos posibilitar algo distinto, sino porque es desde allí que la vida logra sostenerse. Este tejido relacional configura otrxs modos de estar en el mundo. Percibir que toda existencia acontece relacionalmente abre la posibilidad de imaginar/recomponer modos plurales de lo vivible, allí donde la existencia continúa recomponiéndose entre ruinas, materia y afectaciones.

Referencias

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Wittig, M. (2006). El pensamiento heterosexual. EGALES. https://om.juscatamarca.gob.ar/libros/Monique_Wittig_-_El_pensamiento_heterosexual_y_otros_ensayos.pdf

Notas

[1] El uso de lenguaje inclusivo en este trabajo responde a una decisión ético-política orientada a desestabilizar las formas binarias y androcéntricas del lenguaje, tensionando los regímenes de inteligibilidad que producen, ordenan y jerarquizan vidas.
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