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Luis Bruno / Yessika Cepeda
La voluntad política de los pueblos indígenas y sus instituciones: El caso del ejército zapatista de liberación
nacional
Así, el EZLN y la comunidad de Cherán representan dos métodos de lucha igualmente
efectivos dentro de la realidad material de las comunidades indígenas. El neozapatismo ha
construido una autonomía de facto, operando al margen del Estado, mientras que Cherán ha
logrado el reconocimiento legal de su sistema de gobierno, ejerciendo el derecho desde una
perspectiva de insurrección, tal como lo ha expuesto Aragón (2023).
El Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) nació en 1983. Inicialmente
integrado por un reducido grupo de militantes marxistas-leninistas provenientes del norte del
país, el EZLN fue transformándose progresivamente al entrar en contacto con las
comunidades indígenas de Chiapas. El mestizaje ideológico entre el marxismo y las
cosmovisiones indígenas dio lugar a una propuesta inédita: una insurgencia no orientada a la
toma del poder estatal, sino a la defensa de la vida comunitaria, la dignidad y la autonomía
de los pueblos originarios.
Durante la década de los ochentas el EZLN operó en la clandestinidad, organizando
asambleas comunitarias, creando redes de apoyo mutuo y construyendo estructuras de
resistencia. El levantamiento armado del 1 de enero de 1994, coincidiendo con la entrada en
vigor del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN), fue una acción
cuidadosamente planeada para llamar la atención nacional e internacional. La Primera
Declaración de la Selva Lacandona denunció al neoliberalismo como una forma renovada de
despojo y muerte para los pueblos indígenas, al eliminar las protecciones al campo y someter
a las comunidades a la lógica del mercado (EZLN, 1994).
A diferencia de otras experiencias revolucionarias del siglo XX, el neo zapatismo no se
centró en la toma del poder estatal, sino en la transformación del poder desde abajo. Muy
pronto, tras los primeros combates de enero de 1994, el EZLN suspendió las acciones
armadas y se volcó hacia el diálogo, la construcción de consensos y la movilización social.
Apostó por la palabra y por la legitimidad ética como armas principales. En los Diálogos de
San Andrés Larraínzar (1995–1996), el EZLN planteó una visión radicalmente democrática:
el reconocimiento constitucional de los pueblos indígenas como sujetos colectivos de
derecho, con autonomía territorial, política y cultural.
Sin embargo, el incumplimiento de los Acuerdos de San Andrés por parte del gobierno
federal —especialmente durante el sexenio de Ernesto Zedillo— profundizó la ruptura entre
el EZLN y el Estado. En respuesta, el zapatismo se retiró del espacio institucional y decidió
construir su autonomía en los hechos: en el territorio, en las prácticas, en las decisiones
cotidianas. Así nacieron los Caracoles zapatistas y las Juntas de Buen Gobierno, formas de
autogobierno comunitario basadas en la rotación de cargos, formas ancestrales de
organización, la rendición de cuentas, el respeto a las mujeres, la educación autónoma y la
justicia popular. Este proceso, denominado por los propios zapatistas como “la otra política”,
desafía tanto al modelo neoliberal como a la democracia representativa liberal (EZLN, 2003).
El neo zapatismo se presenta, así como una propuesta civilizatoria alternativa, que no
busca reformar el sistema desde dentro, sino construir un mundo nuevo desde fuera. Su
consigna “un mundo donde quepan muchos mundos” resume una visión profundamente
pluralista y anticolonial: una crítica estructural al racismo, al patriarcado Estatal, al capitalismo
y al Estado-nación homogeneizador.
En 2006, el EZLN lanzó “La Otra Campaña”, una gira nacional encabezada por el
entonces Subcomandante Marcos (actual Subcomandante Galeano), cuyo objetivo era
escuchar las voces de los excluidos —trabajadores, indígenas, mujeres, migrantes,
disidencias sexuales— y tejer una red anticapitalista desde abajo. La Otra Campaña significó
una crítica contundente a la izquierda electoral, a los partidos políticos y al oportunismo
institucional. En contraste, el zapatismo insistía en que la verdadera transformación debía
surgir de la sociedad civil organizada, no de los aparatos del Estado.
Desde su irrupción pública en 1994, el EZLN entendió que la batalla también era
simbólica. Su lenguaje poético, irónico, humorístico y profundo rompió con la solemnidad del
discurso político tradicional. Usaron metáforas, cuentos, silencios, juegos lingüísticos; así el
uso de la risa, la ironía, de la poesía para comunicar su mensaje al mundo también representa
un rompimiento de los usos del viejo esquema político que exige formalismo y solemnidad
cuasi sacra, ¿de qué otra forma se podría expresar lo que sufre la existencia en el alma y el