Revista SOCIOLOGÍA Y POLÍTICA HOY - No. 12, Enero - Junio 2026

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La nación como pronombre:
ciudad letrada y

fragmentación en el Ecuador regional
del siglo XIX

Resumen
Este artículo sostiene que la conformación de la
nación ecuatoriana es un proceso complejo acom-
pañado de la desarticulación que vive la “ciudad
letrada” tras el fin de la colonia. El debate sobre
la función de las élites intelectuales y su papel his-
tórico en la configuración política de los estados
latinoamericanos fue propuesto por Ángel Rama y
es fundamental para entender obras fundamenta-
les de la literatura ecuatoriana como Cumandá o
la Emancipada. Las dos novelas son el resultado de
las propuestas de los grupos letrados regionales de
Ambato y Loja en un país fragmentado. Ambas
novelas, además, coinciden en que la nación debe
gestarse como proyecto, en primera instancia, cató-
lico y blanco; alrededor de estos dos valores, giran
el resto de valores nacionales como: civilizado, te-
rrateniente, modernizador y racista.
Palabras clave: ciudad letrada, Cumandá, la Eman-
cipada, Estado nación.

Fecha de recepción: 1 de Dic. 2026
Fecha de aprobación: 7 de Dic. 2026

REGISTRO ISSN: 2600-593X

* Ximena Margarita Grijalva Ca-
lero (Quito, 1969) es catedráti-
ca de las materias de Semiótica
y Gramática del Español en la
FACSO de la Universidad Cen-
tral del Ecuador y actualmente
está realizando un doctorado
en literatura y estudios críticos
con la Universidad Nacional
de Rosario.

Correo: xmgrijalva@uce.edu.ec
ORCID: 0009-0002-8760-479X

Ximena Margarita Grijalva Calero*

No hay documento de cultura que no sea
a la vez un documento de barbarie. Y así
como éste no está libre de la barbarie,
tampoco lo está el proceso de la transmi-
sión a través del cual los unos lo heredan
de los otros.

Walter Benjamin

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Revista “Sociología y Política HOY” No 12, Enero - Junio 2026

Abstract
This article proposes a definition of literary imaginaries based
on two theoretical approaches. On the one hand, Mieke Bal’s
proposal to conceive artistic creation and cultural analysis
through thinking with images; and on the other, Cornelius
Castoriadis’s definitions of social imaginaries and Marina
Garcés’s notion of counter-imagination. Both approaches
consider the imaginary as a space of collective thought, so-
cially and historically constructed and transmitted, yet open
to transformation through art. The article suggests that lite-
rature is one of the most powerful artistic forms for creating
imaginaries that question collective thought and intervene in
reality. Through the survey of several contemporary literary
imaginaries, the political potential of literature to reproduce,
counter-imagine, and transform today’s society—affected by
the crises associated with the Anthropocene—is demonstrated.
Finally, Cristina Rivera Garza’s concept of necrowriting is pre-
sented as a literary strategy that makes imaginaries of death
visible in an increasingly violent and desolate society.
Keywords:
literate city, Cumandá, the Emancipated, Nation
State.

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Introducción
Cuanto Walter Benjamin se interroga con relación al pasado, no

deja de sentir que cuestiona al presente (2008, p. 19). Esta misma idea
atraviesa a todos quienes trabajan en las diferentes ciencias sociales;
en mi caso, cuanto interrogo a la literatura ecuatoriana decimonónica,
lo hago desde el ahora (Benjamin 2008, p. 21). Me mueve la búsqueda
de reconstruir el pasado, que permitiría dinamitar ciertos relatos hasta
ahora considerados como verdaderos e incuestionables.

Esta relectura de la literatura ecuatoriana del siglo XIX busca vi-
sibilizar los espacios vacíos –los olvidos–, que ha dejado la teoría ge-
nealogista de la literatura (Cabral 2012, p. 2). La idea es acabar con la
certeza y proponer las bases para comprender la literatura inserta en
una sociedad heterogénea, fracturada, en disputa, en resistencia o en
debate discontinuo sobre el tránsito de un Estado Colonial a un Esta-
do nación (Torres 2020, p. 16). Una nación que responde a contextos
sociales, políticos, económicos, culturales específicos de acuerdo a la
semántica importada de los procesos modernos europeos (Mascareño
2020, p. 101).

La interrogación parte desde un presente que está compuesto de
tiempos diversos que no coinciden, pero que se yuxtaponen unos con
otros (Koselleck 1992, p. 48). Dentro de los tiempos del pasado y del
presente, existió un tiempo para la literatura. Si bien muchas literatu-
ras latinoamericanas del siglo XIX han sido objeto de innumerables
estudios, el caso de la literatura ecuatoriana es muy diferente, ya que,
apenas en las últimas décadas, se han ampliado a reflexiones no canó-
nicas, ha sido objeto de reflexiones, relecturas e inclusive lecturas de
textos que estaban en el olvido, como las realizadas por César Eduardo
Carrión y Karina Marín.

A este marco literario-histórico debemos añadir las características
particulares del contexto de producción de las obras: la modernización
como proceso histórico y las literaturas menores (Deleuze & Guattari
1990, p. 29), que protagonizaron a América Latina en el siglo XIX. El
surgimiento de los Estados y posteriormente de las naciones a partir
de la ruptura con España, dejó en evidencia la heterogeneidad de estos

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territorios y las disputas de los diferentes grupos criollos por ocupar los
espacios de poder dejados por la Corona.

Los Estados Latinoamericanos surgen con algunas característi-
cas comunes: el idioma, la religión, el racismo, la preocupación por
pertenecer al mundo “civilizado”, la pretensión de “modernizarse” y
el deseo de incorporarse al mercado mundial. A todas estas caracte-
rísticas comunes, Bolívar Echeverría las enmarca en un solo término:
“blanquitud”, que va más allá del asunto étnico y que estará presente a
lo largo de la historia de estas naciones (2009, p. 2) y es posible encon-
trarlas en la literatura del canon.

Los cuidados de este trabajo están ubicados en la literatura, la his-
toria y la política. La literatura proporciona discursos y, a través de
ellos, pretendo comprender las causas que guiaron a historiadores y
críticos literarios a centrar todos sus estudios en dos obras canónicas
y expulsar al resto de producción escrituraria, citando a Iván Carvajal,
“fuera de la polis” (2022, p. 20). La hipótesis es que estas ficciones so-
brevivientes son los vestigios de la nación.

Estado de la crítica
Durante más de un siglo, los críticos literarios no se preocuparon

por reconstruir el archivo que dio origen a lo que entendemos como
canon o, de forma popular, literatura ecuatoriana. Dentro de esa lite-
ratura ecuatoriana republicana, se incluyen obras escritas en el perio-
do colonial o literatura producida durante la Gran Colombia. No sólo
se incluye la teoría generacional de la literatura, sino políticamente el
paradigma genealógico del origen de la nación, es decir, la teoría que
sostiene que nación y estado nacen juntos (Juan de Velasco 1843, p.
1).

Para muchos autores, las reflexiones sobre las naciones, naciona-
lismos y nacionalidades han sido agotadas. Sin embargo, para los es-
tudios decoloniales, poscoloniales, coloniales o para la historia de la
ideas es un debate vigente, pues es evidente que el pasado todavía tiene
cuentas pendientes y permanentes con el presente.

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Finalmente, como he señalado más arriba, el asunto tiene que ver
con mi interés en reconstruir la historia literaria del siglo XIX consi-
derando las diferentes regiones que se incluyeron dentro del estado
ecuatoriano al momento de su creación en 1830. En cada región hay
una forma de vida distinta, consecuencia de historias, modos de pro-
ducción y contextos diferentes (Mascareño 2020, p. 106). Por tanto, hay
diversas modalidades de ethe modernos que se ven plasmadas en la
producción letrada y literaria de lo que hoy es el Ecuador (Echeverría
2008, p. 108). En el Ecuador la configuración de la nación y la pre-
sencia de los discursos literarios homogeneizadores son procesos que
nacen con cierto retraso respecto del contexto latinoamericano.

Acercamiento a la nación y ciudad letrada
Muchos Estados Latinoamericanos se configuraron a partir de las

ciudades fundadas por Castilla, ya sea sobre las ruinas de ciudades im-
periales, sobre asentamientos indígenas o como lugares de avanzada
del proceso de conquista y colonización de América. Posteriormente,
estas ciudades se convirtieron en los centros periurbanos desde donde
la Corona administraba sus dominios a través de virreinatos, reales au-
diencias, ciudades puerto, capitanías generales. A su vez, fueron los ejes
administrativos, económicos, militares, religiosos, intelectuales… desde
donde se implantaba la “civilización” a las diferentes regiones de las de-
nominadas “Indias Occidentales”. Pero estos lugares no fueron homogé-
neos ni respondieron a los mismos intereses (Mascareño 2020, p. 107).

Es decir, las ciudades tuvieron mucha importancia en los sucesivos
procesos de modernización de América Latina. Dentro de las ciuda-
des hubo una élite intelectual encargada de mediar entre la Corona,
sus diferentes instituciones y las poblaciones. A este grupo intelectual
Ángel Rama ha denominado como la “ciudad letrada” que, al servicio
de Castilla, era la responsable de establecer el marco jurídico, literario
y político para la aplicación o no de las disposiciones imperiales en el
nuevo mundo (1984, pp. 4-5). 

Luego de los procesos de emancipación que se extendieron por
toda América Latina en el siglo XIX, estos grupos letrados, que for-
maban parte de las agencias criollas (Mazzoti 2000, p. 14), pasaron a

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ser el eje de la administración regional y presidieron los procesos que
permitieron la creación de los nuevos Estados, ocupando lugares más
preponderantes en la administración y reclamando para sí el gobierno
directo en la mayoría de los casos. 

Por lo tanto, me ocuparé de los grupos letrados y sus ideales de re-
gión o nación; en donde los sectores subalternos (Gramsci 1999, p. 152)
han tenido diferentes formas de ser incluidos por las agencias criollas
de acuerdo con los intereses de cada localidad: sea como sirvientes,
esclavos, mitayos, huasipungueros, artesanos, etc.

Ciudad letrada
Han transcurrido más cuarenta años desde la muerte de Ángel

Rama al igual que de la publicación póstuma de La ciudad letrada. El
debate sobre la función de las élites intelectuales y su papel histórico
en la configuración política de los estados latinoamericanos fue pro-
puesto por Ángel Rama.

Desde mi perspectiva, en La ciudad letrada Rama pensó la histo-
ria de los procesos políticos de los intelectuales en América Latina, es
decir, elaboró una genealogía de la historia del pensamiento latinoa-
mericano a partir de las élites intelectuales de las grandes ciudades
fundadas por la Corona en América. El texto es una lectura orgánica
de las ciudades comprendidas como vehículos de construcción de la
realidad y como mediadoras en los procesos de trasculturación.

Para Ronela Adorno (1987) la ciudad letrada permite leer a las éli-
tes y sus sociedades complejas: “Por el contrario, el concepto de ciudad
letrada
se refiere a un conjunto de prácticas y de mentalidades que
no formaban un solo discurso ideológico, sino que eran polivocales”
(Adorno, 1987, p. 3). Adorno reconoce la importancia de La ciudad
letrada
para los estudios coloniales, ya que describe la forma en que,
a través de la verticalidad institucional, se socializa el ordenamiento
escriturario.

Concuerdo con Adorno cuando afirma que La ciudad letrada, nos
ofrece un modelo de análisis basado en instituciones. Es evidente que

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Rama pone su acento en las élites letradas al establecer que este grupo
tiene control sobre la ciudad, y sus transformaciones históricas, desde
donde los letrados se adecúan a los diferentes momentos históricos.

Por otra parte, Mabel Moraña, en su texto Ilustración y delirio en la
construcción nacional, o las fronteras de la “Ciudad letrada
”, diferencia
entre los procesos emancipatorios en México o Perú con altas pobla-
ciones y tradiciones indígenas y los de Caracas o Buenos Aires don-
de la “generación patriótica” tuvo un discurso emancipador con gran
acogida debido a la mínima población indígena (p. 33). Moraña toma
distancia de Rama y de Anderson, pues considera que sus propuestas
estudian solo a las élites:

Moraña acierta cuando afirma que Rama centra su reflexión en el
análisis de las élites; sin embargo, este análisis le permite comprender
el rol de los intelectuales en el pensamiento político que proveyó de
un marco teórico a la creación de las ciudades en Latinoamérica y la
lectura de los procesos históricos en sus distintas etapas de moderni-
zación. 

Posteriormente, Laura Catelli, que parte de los estudios decolonia-
les, sostiene que la Ciudad letrada se centra en las élites intelectuales,
dejando de lado a la ciudad real. Adicionalmente, observa que Rama
tampoco considera en su texto el proceso de “racialización” y las rela-
ciones de poder. Anota que el texto de Rama no considera que muchas
ciudades fueron fundadas sobre las ruinas de culturas indígenas, sobre
tiangues, sobre templos, sobre imperios... Se establece lo que denomi-
na Catelli (2020) como un principio de “tabula rasa”, es decir, que las
ciudades no tenían ningún antecedente precolombino (pp. 45-46). 

En El nuevo mundo entre trazos y relatos Carmen Perilli (2020) nos
recuerda que la escritura formaba parte del poder imperial en donde
las ciudades fueron importantes. La lectura de los procesos históricos
para Perilli tienen un corte imperial por una identidad construida des-
de el ‘viejo mundo’. Es decir, Rama sigue en el mundo de los signos
que perpetúan el poder de la razón ordenada en donde la escritura
preexiste a la ciudad.

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Se han puesto en evidencia los límites del texto de Rama para com-
prender a las ciudades reales, pues no se establece la relación entre
sectores hegemónicos y subalternos. En este sentido, considero que
Rama piensa a la ciudad real en tanto ha sido fruto del diseño de las
agencias letradas, en donde no se consideran a los grupos subalternos,
pues el objeto de estudio son las élites letradas y su influencia en los
procesos políticos en Latinoamérica, que posteriormente, buscaron
imponerse al resto de las regiones a través del discurso de la nación.

Pienso que la propuesta de Rama de ciudad letrada es un concepto
problemático y sobrepasa el ámbito semántico, ya que desde mi pers-
pectiva el concepto problematiza el rol de los intelectuales en el diagra-
ma de la vida social y amplía el horizonte del pensamiento, pues dina-
miza el debate sobre los intelectuales y su “servidumbre al poder” en la
configuración de las ciudades latinoamericanas a partir del siglo XVI.

La ciudad letrada de Rama, por tanto, no es un concepto concre-
to o categoría sobre la realidad que busca dar cuenta de las ciudades
concretas y sus particularidades históricas, sino que es un concepto
teórico general que busca dar cuenta del rol de la intelectualidad crio-
lla en el proceso de conquista y luego en el proceso de independencia
y consolidación de los estados en Latinoamérica.

En definitiva, considero que Ángel Rama, en La ciudad letrada ex-
plicó los ideales sobre los cuales se fundaron y construyeron las ciu-
dades latinoamericanas por parte de los españoles y sus posteriores
procesos históricos y políticos, su preocupación no fueron momen-
tos específicos, fue un planteamiento histórico. Sin embargo, Rama
solo enuncia y no analiza a las ciudades puertos, ciudades capitales
de reales audiencias, de capitanías generales etc., que también fueron
importantes en la consolidación del poder colonial y posteriormente,
adquirieron relevancia con la implementación de estados y naciones.

En otras palabras, Rama centra su preocupación en los grupos le-
trados de las ciudades virreinales. En este contexto: ¿qué sucede con
los grupos letrados de las “otras ciudades” de menor importancia para
la Corona? ¿Alcanzaron la categoría de ciudades letradas o fueron gru-
pos letrados periféricos, ya que no tuvieron la trascendencia histórica

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de las ciudades virreinales? ¿Qué sucede con los Estados que nacieron
en el siglo XIX fruto de esos grupos letrados periféricos? ¿Acaso Rama
pretende extender su razonamiento sobre las ciudades virreinales a los
centros urbanos periféricos? Es más, las formas de actuar de grupos le-
trados de ciudades virreinales y periféricas no es congruente, sino que
terminan por ser contradictorias y hasta incongruentes. 

En Ecuador, la formulación de un proyecto nacional unificado se
dificulta por la desarticulación de la ciudad letrada. En Quito, capi-
tal del Real Audiencia, durante el periodo colonial se había articulado
una ciudad letrada periférica, que, en susesivas relacones con los di-
ferentes centros virreinales –Lima o Santa Fe–, disputaba por adaptar
o no las pautas administrativas del ordenamiento colonial. Desde la
formación de profesonistas en la Universidad San Gregorio Magno y
los diferentes entes de adminstración religiosa y civil, la ciudad letrada
de Quito se desarrolló como un eslavón entre la palestra virreinal y la
gobernación de corregimientos y obrajes.

Con el primer grito autonomista, que aprovechó la situación napo-
leónica de España, para declarar independencia administrativa, la re-
primenda fue implacable. Tanto Guayaquil como Cuenta, Pasto, Lima,
etc. enviaron tropas a desarticular esta propuesta que, de forma para-
dójica, terminó por desarticular a la ciudad letrada más fuerte de lo
que actualmente sería territorialmente el Ecuador. Sin ese grupo que
narre e imagine, toda propuesta de una nación masifica termina por
convertirse en derrota; las ciudades letradas inferiores en el ordena-
miento colonial deberían establecer las propuestas de nacionalización
de sus relatos regionales en años futuros para articular una nación
fragmentada, heterogénea. Ya sea por mano del Conde Ruiz de Cas-
tilla o Toribio Montes, no existió un grupo central que, años después,
pensase a la nación ni administrarse el Estado.

Nación
Ecuador, a diferencia del resto de naciones latinoamericanas, no

se desarrolla de forma centrada en un hipercentro urbano, como lo
fueron Lima para Perú o Santa Fé para Colombia, o Ciudad de Méxi-
co para México. El exterminio de una ciudad letrada céntrica, ubica-

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da geográficamente en Quito, fue una invitación a que los múltiples
discursos regionales, al ver el espacio vacío, busquen hegemonizar su
discurso hasta la categoría de nacional. Esto se ve revelado en que la
mayoría de la producción escrituraria del siglo XIX no proviene de au-
tores quiteños, sino de ciudadanos de otros centros urbanos de menor
importancia administrativa como Ibarra, Ambato, Loja, etc.

Para finales del siglo XIX –quiero decir, entre 1875 con la muerte
de García Moreno y 1895–, abundaban las variaciones de lo que, en
primera instancia y provisionalmente, podríamos denominar como
proyectos nacionales. Tales propuestas, derivadas de la producción es-
crituraria de las múltiples agencias criollas, se disputaban la legitimi-
dad de administrar el naciente Estado ecuatoriano. Al contrario de lo
propuesto por Enrique Ayala Mora, Ecuador no surge como un pro-
yecto nacional criollo (2002, pp. 28-29) ni como gestación terrateniente
(Quintero & Silva 1998, pp. 68-69), sino como el núcleo conflictivo de
diferentes proyectos regionales que, mediante la producción escritura-
ria y procesos populares, se disputaban la articulación nacional como
superación del mismo conflicto que las fundó.

Para 1875, ya estaba entredicha la efectividad del proyecto nacio-
nal conservador por la beligerancia política del surgimiento de un mo-
vimiento liberal de características mixtas (Echeverría 2017, p. 57). Sin
embargo, la producción literaria –modalidad parcial de la producción
escrituraria de la ciudad letrada– se encontraba en plena disputa por
narrar a la nación a imagen y semejanza de quien la escribiese. Así
como la constitución del cuerpo legal del Estado era disputada por
conservadores y liberales, la producción literaria era otro campo de
conflicto en el que se hacían palpables los diferentes proyectos organi-
zativos o, al menos, la pretensión de nacionalizar un modelo de orga-
nización social determinado.

La nación es una institución eminentemente moderna que, en el
siglo XVIII, sirvió de intermediara entre un capitalismo con preten-
siones universalistas y la incapacidad técnica de sostener tal proceso
global (Echeverría 2008, p. 224). La nación se trata de un dispositivo ci-
vilizatorio que, como totalización parcial, reconcilia la relación proble-
mática entre capitalistas y proletarios (Echeverría 2017: pp.250-251),

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ya que unifica la contradicción del sistema de reproducción social con
arreglo capitalista y convierte a la población propietaria en una masa
de “sujetos legítimos”. Esta lectura, eminentemente economicista, per-
fila de forma parcial el surgimiento de los estados nacionales en Euro-
pa, pero requiere de adaptaciones específicas para poder aplicarse a los
Estados de América Latina.

En primera instancia, las naciones no surgen de forma paralela
a los Estados. En su lugar, surgen de forma posterior como discurso
aglutinador y legitimador de la identidad de las comunidades que se
ven administradas por el Estado; primero surge el sistema de adminis-
tración de la vida social y, posteriormente, los discursos de legitimidad
e identidad que sostienen a la nación (Palti 2006, pp. 50-51). La postu-
ra de que la nación y Estado surgen de forma paralela –en las cuales
Bolívar Echeverría, Enrique Ayala Mora, Érica Silva y Rafael Quintero
se adhieren– se insertan en un conjunto de discursos que, según Elías
Palti, cabe nombrar como “versiones genealógicas de la nación” (2006,
p. 29).

Economicista y genealogista, la lectura de la nación de Bolívar
Echeverría se desprende de un valoración organicista sobre el contra-
to social entre proletarios y capitalistas como “propietarios privados”
(2017, p. 251) para impulsar una modalidad específica del sistema de
reproducción social, siempre con características capitalistas (2017, p.
259). El estado nacional resulta del proceso de negociación entre varias
modalidades funcionales de reproducción capitalista en que se impo-
ne una como acuerdo entre toda la comunidad política (2011, pp. 226-
227), que, en su fondo, es el acuerdo desigual entre propietarios priva-
dos, por imponer su articulación de ethe moderno sobre el resto de los
pobladores. La apropiación del discurso nacional conlleva los peligros
de ingresar al mercado global y caer en los peligros de la negociación
inter-nacional (1998, p. 165).

La nación, antes que una unidad estable, se trata de un espacio de
contingencia donde la comunidad política –una entre tantas de carac-
terísticas sociales similares– consume identidades pequeñas y desterri-
torializadas hasta que no ingresen al gran consenso de la comunidad
política (Rancière 2019, p. 53). Todo Estado nacional tiene caracterís-

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ticas plurinacionales en tanto que se alimenta de diferentes modos de
supervivencia ante el capitalismo global –quiero decir, los múltiples
ethe modernos– y de que invisibiliza, en última instancia, la lógica de
la explotación del capitalista (Echeverría 2017: pp-250-251). La nación,
desde esta intersección entre la lectura economicista y genealogista,
no considera los modos de narración cultural que describen este mis-
mo objeto.

Para Benedict Anderson, la nación es un artefacto cultural (2006,
p. 22). La nación es la comunidad imaginada en que los sujetos perfi-
lan la identidad que un grupo social les exige tener de forma plena; a
su vez, se trata de un espacio imaginado en tanto que los límites de la
nación no son visibles de forma plena para ninguno de los sujetos que
conforman la comunidad social de la nación: un hombre no va cono-
cer a todos sus compatriotas, ni todo el territorio o los límites fácticos
de la realidad nacional (Anderson 2006, pp. 23-24). Tal parentela entre
todos los compatriotas radica en que son copartícipes de un relato de
origen particular (2006, pp. 28-29), se familiarizan como miembros de
un mismo bloque histórico que los ampara y protege.

La historia, cultura y religión son factores contingentes que unen
de forma identitaria a las naciones y sus integrantes. La nación, en
concordancia con lo propuesto por Echeverría en su lectura, es un pro-
ceso inserto a la modernidad no solo por su periodización histórica,
sino por el rol que cumple dentro del proceso civilizatorio de la moder-
nidad como entramado semántico de un periodo determinado (1998,
p. 142). La nación unifica los modos técnicos –descritos por la apología
de la economía política– y los procesos culturales relacionados con la
identidad que describen ambos autores como dos caras de una misma
moneda. Se disponen a unificar a la población de forma paralela me-
diante diferentes niveles de intervención civilizatoria.

Ambas propuestas sostienen una invitación al futuro: para Eche-
verría, la conformación del Estado nacional siempre es provisional en
tanto que solo es un sustituto de la incapacidad técnica del capitalismo
de organizarse de forma global y directa (2011, p. 228), pero también
se conforma de la promesa implícita de la desaparición del estado na-
cional ante el surgimiento de un capitalismo global que descoloque a

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los ordenamientos regionales y unifique a la humanidad en solo sis-
tema de reproducción con arreglo capitalista. Se trata de un proceso
determinista que el capitalismo reproduce y solo puede frenarse desde
las disidencias discursivas de una “teoría crítica” desarrollada desde
el interior del entramado semántico del capitalismo, como transición
histórica (Echeverría 2017, p. 90).

Para Anderson, la nación se encuentra en la construcción del
dispositivo cultural como institución legitimada por la historia, pero
no en la conformación de los planos de posibilidad en que se puede
proyectar la comunidad imaginada al futuro (Bhabha 2010, p. 13). La
nación, desde un plano cultural, también implica la narración de un
futuro promisorio –virtuoso en tanto que cumple con la excitación fi-
nal de los valores instituciones que la sostienen– y la amenaza de una
ruptura de la encarnación virtuosa (Bhabha 2010, p. 386). El futuro de
la nación, su profecía, siempre está en vilo, siempre se encuentra en
una disputa por gestarla de la forma más exitosa en tanto que expresa
las particularidades de una comunidad específica.

La conformación de la nación como la forma más conflictiva del
pronombre “nos-otros”, ya sea en un plano económico o cultural, ex-
presa, de forma meramente gramatical, el imperio civilizatorio de una
modernidad que se infiltra en cada uno de nosotros por varios frentes
y que puede historiarse de forma específica en cada caso histórico. Tal
proceso se relaciona de forma íntima con la producción escrituraria
dentro de los proyectos nacionales.

Cumandá (1879) y La emancipada (1863)
En ese contexto, tanto Cumandá de Juan León Mera (Ambato)

como La emancipada de Miguel Riofrío (Loja) expresan el intento de,
por un lado, llenar la ausencia generada por el asesinato de la ciudad
letrada de Quito y, por otro, trascender su producción discursiva hasta
el punto de convertirla en el discurso coordinador del proyecto nacio-
nal. Ambas novelas coinciden en que la nación debe gestarse como
proyecto, en primera instancia, católico y blanco; alrededor de estos
dos valores, giran el resto de valores nacionales como: civilizado, terra-
teniente, modernizador y racista.

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Sin embargo, la similitud de ambas obras se diluye en las estruc-
turas y los matices específicos que cada obra desglosa. La emancipada
(1863) es una advertencia alegórica a la comunidad política: el destino
de Rosaura –la nación–, si se aleja de los valores cristianos, familiares y
terratenientes, es indefectiblemente la pérdida de la virtud –expresada
en la prostitución de Rosaura– y luego la muerte. Es una advertencia
radical a que la nación puede gestarse de una forma determinada o,
caso contrario, el destino es el exterminio y la miseria moral.

Para Riofrío, la nación es un determinismo necesario para el con-
trol institucional de las pulsiones de los personajes. Ante la inminente
barbarie, expuesta por el discurso colonial de la dominación histórica,
las estrategias de organización social del Estado deben rotar alrededor
de la articulación de proyectos específicos de control racial que sosten-
gan y limiten los límites morales de la comunidad política. La erótica
alrededor de la actividad política de restricción se convierte en mode-
lo de restricción social en tanto que su modelo alegórico de control
biopolítico en el cuerpo de Rosaura.

Para expresar estas valoraciones alegóricas, el estilo de la novela es
el realismo en tanto que, mediante el asco causado por la descripción
escandalosa de los hechos, puede invitar al lector a reflexionar sobre
el terrible destino que le aguarda si no cambia su camino. La técnica
cumple un rol político en la intención discursiva de la ciudad letrada:
o se realiza a la nación como proyecto católico o la destrucción espera
a la vuelta de la esquina. Rosaura es la advertencia literaria del mal uso
del libre albedrío que los Estados nacionales otorgan, la manifestación
de una advertencia biopolítica tanática.

Cumandá (1877) de Juan León Mera no difiere en la propuesta de
nación, sino que desglosa de forma particular lo desarrollado. La no-
vela de Mera rota alrededor de dos puntos de fuga: el tabú y el escape.
En primera instancia, el autor busca escapar de las disputas regionales
y, para lograr su objetivo, retira la historia a un paraíso adámico don-
de puede reconstruir la nación de forma libre. De este modo, el autor
desarrolla una propuesta de nación alejada de las disputas para que,
al menos en apariencia, no parezca una reconstrucción intencional
de la comunidad política, sino el descubrimiento de un ordenamiento

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Ximena Margarita Grijalva C.

Red de Carreras de Sociología y Ciencias Políticas del Ecuador

natural, organicista a lo Herver (Agoglia 1988, p. 41), en el que debe
insertarse el ser humano.

La obra de Mera condena de forma tajante el mestizaje. La relación
entre Cumandá y Carlos nunca se consuma porque, si pasase, se reali-
zaría como incesto. La mezcla, incluso en un plano aparente, entre los
modelos de blanquitud e indianidad no deben mezclarse en detrimento
de la invisibilización de la población que conforma la nación. Los mes-
tizos se encuentran en un limbo donde, a pesar de no encontrarse iden-
tificado con ninguno de ambos grupos de forma total, se ven destinados
a buscar blanquearse y ser rechazados de forma tajante por esa misma
blanquitud que los invisibiliza, pero no los acoge como sujetos plenos.

De forma particular, la realización de Cumandá rompe con la ló-
gica básica, propuesta por Doris Sommer en Ficciones fundacionales
(2004). No existe una relación erótica y política que, a través de la rea-
lización de las funciones reproductivas, pueda gestar a la nación. La
concatenación reproductiva es, para Summer, la forma infranqueable
en que los grupos sociales acuerdan su estabilidad dentro de la inser-
ción de la lógica moderna en el siglo XIX. Sin embargo, el muro in-
franqueable del incesto se convierte en el espacio liminar que impide
la realización de Cumandá como parte de las ficciones fundacionales
latinoamericanas.

Conclusiones
Estas dos novelas son el resultado de las propuestas de los grupos

letrados regionales de Ambato y Loja. Es decir de la Sierra Sur y Cen-
tro (según Maiguashca). El grupo letrado periférico regional nunca vio
en este género una herramienta civilizadora. Cumandá tuvo una gran
trascendencia en la historia de la literatura ecuatoriana, pues duran-
te casi un siglo fue considerada “la novela” ecuatoriana por la crítica,
para muchos la única novela (debido a la falta de trabajo de archivo).
En el caso de La Emancipada su aparición es tardía pero no deja de ser
importante.

La disimilitud entre los diferentes grupos que se propugnaban por
reconstruir un relato nacional desde las ruinas de la destrucción de

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La nación como pronombre: ciudad letrada y fragmentación en el Ecuador regional del siglo XIX

Revista “Sociología y Política HOY” No 12, Enero - Junio 2026

un centro periférico, como lo fue la ciudad letrada de Quito, describe
un conjunto de trayectorias históricas en fuga. El centro de esa suce-
sión ordenada de causas y conflictos, somos nosotros como proyección
social de lo que, de una u otra forma, marca la conformación de la
comunidad política actual. En palabras del poeta chileno Raúl Zurita:
“somos lo que no terminó, signo de una continuación conflictiva que,
en última instancia, es el único argumento de tener un lenguaje arti-
culado: la memoria”.

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